La obra del pintor Juan Carlos Savater (San Sebastián, 1953), cuya emergencia pública se remonta ya a algo más de un cuarto de siglo, podría ser calificada como el epítome de una trayectoria agónica. Con ello no me quiero referir a que Savater, en principio un artista muy encerrado en su mundo, haya variado mucho en su forma de pintar, sino que su pugna se ha centrado en revalidar esos "valores eternos" en el arte, que, según M. Schapiro, sólo vislumbran quienes se empeñan en plasmar lo absoluto a través de un nuevo contenido. Y este empeño, en el contexto de nuestra moderna sociedad secularizada, es, en efecto, por fuerza, una intempestiva lucha, una agonía, un siempre recomenzado esfuerzo de aproximación. Como lo explica él mismo en el título de su actual exposición en Madrid, donde no exhibía su obra de manera individual desde hace cuatro años, se haya en medio de la divergente refracción de una misma luz rasante, porque el término inglés Twilights, literalmente "luces crepusculares", es tan ambivalente que se puede usar indistintamente para nombrar las del alba o las del ocaso; o sea: que es como recalcar lo incierto de las luces inciertas, o, si se quiere, abordar la luz en su instantáneo punto máximo de ruptura, se rompa el día o se rompa la noche. Es, así, pues, en la hendidura o la grieta de la luz donde dramáticamente se ha emplazado J. C. Savater, algo peligrosamente cegador, sin duda; pero, sobre todo, una visión cuyo fuego puede consumirte.
JUAN CARLOS SAVATER
'Twilights. Alba y ocaso'
Galería Moriarty
Libertad, 22. Madrid
Hasta el 5 de junio
Con este preámbulo, quizá abstruso, he intentado sintetizar la lucha de Savater por fijar una misma perspectiva luminosa de una forma siempre diferente. En este sentido, el año pasado, en la exposición personal que mostró en la histórica abadía burgalesa de Santo Domingo de Silos, titulado Estrella matutina, Savater nos sorprendió con unos paisajes de tan aplanadas luces metalizadas, que parecían recortadas por una cizalla y engarzadas por el martillo con que un calderero bate la fina membrana de un cobre. Pero, incluso las que se alabeaban con resplandores de grises ceniza, despedían reflejos de un brillo casi cegador.
Daba la impresión de que el
pintor se había convertido en el orfebre que engastaba las piedras y los preciosos metales que ornaban las duras tapas de un libro sagrado altomedieval o, según se mire, hasta las vidrieras, con sus nervaduras de hierro, de una iglesia de gruesos muros; en suma: la de alguien obsesionado por reflejar la transparente dureza de la luz más duradera. Con esta deambulación, Savater hurgaba en las entrañas del presente hasta extraer de él su latido o eco más remoto y profundo, o, lo que es lo mismo, por decirlo de cierta manera, reunía a Mondrian con los iconos bizantinos.
Pues bien, lo que ahora mismo exhibe no es sino el resultado de este mismo adentrarse obstinado por la senda de esta tundida retrocesión, pero sin que la febril insistencia en pulir las recortadas láminas de color no haya limpiado de tal manera las luces y las formas de sus cuadros, que éstos, más que simplemente deslumbrarnos, ahora nos transmiten el escalofrío de una revelación. Contemplando la presente exposición de Juan Carlos Savater uno comprende lo que afirmaba Schapiro acerca de que los "valores eternos" del arte sólo son vislumbrados por quienes se empeñan agónicamente en dotarlos de un nuevo contenido o, también, para quienes, en suma, la pintura, siendo pintura, nos remite a un misterioso más allá de sí misma.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de mayo de 2007