Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:

Atmósfera irrespirable

El mallorquín José Luis de Juan consigue crear un ambiente opresivo en Sobre ascuas, el cuaderno de bitácora de un capitán de navío a la deriva.

Se publica tanto, que el lector corre el riesgo de pasar sobre ascuas con libros diferentes, como lo es Sobre ascuas, de José Luis de Juan (Palma de Mallorca, 1956). Finalista del Nadal 2002, ganador del Juan March Cencillo, ahora De Juan nos sorprende gratamente con un relato sabiamente claustrofóbico, con un cuaderno de bitácora de un capitán de navío a la deriva: qué bien conseguida está -con sus exageraciones, sus extravíos, sus desmesuradas descripciones- esa sensación de abandono, de naufragio, como si todos -él, el protagonista, un abogado de tierra firme, harto, que acepta un reto en una isla dejada de la mano de Dios y del barquito que le une a esa tierra firme; los habitantes de esa isla singular, y nosotros, lectores cautivos de esa atmósfera especial- fuésemos en un barco que ha extraviado su rumbo. Referencias literarias todas, y con espléndido pedigrí: Conrad, el de El corazón de las tinieblas, Buzzati, el de El desierto de los tártaros -nada menos, nada menos-. Y por supuesto Maestro Kafka, K. el agrimensor. Castillo. Isla. Río abajo. Barco fantasma. Lo estupendo de este inquietante y espléndido relato, asfixiante, de José Luis de Juan, es que se ha atrevido a ello, o si no a morir en el intento (que es, en el intentarlo, donde se percibe la madera de escritor).

SOBRE ASCUAS

José Luis de Juan

Destino. Barcelona, 2007

258 páginas. 18,50 euros

Acaso ni tendría que haber hecho referencia a la posguerra franquista, tan sólo una pincelada; acaso debería haber empezado, a la manera homérica, in media res, con ese abogado que contra toda lógica va en un barquito en dirección a esa isla donde viven condenados enfermos y cuidadores (líneas más arriba, Conrad, Buzzati, Kafka; añadir ahora el olvidado William Golding, el de esa fascinante novela de niños, El señor de las moscas). El nuevo director que se hace cargo de las instalaciones de Sucre -la isla misteriosa- tendrá que desentrañar el enigma del laberinto en el que viven todos -qué espléndido acierto literario ese niño Miguel, onanista contumaz, imán de todas las taras posibles y lector malgré lui de Montaigne-; un laberinto en el que se pierde, como no podía ser menos, él mismo, desorientado en su propio laberinto. Una población cautiva, que exuda una sexualidad sofocante, húmeda, asfixiante. Una atmósfera agobiante la de esa isla-prisión, que es zarandeada al final por unas cuantas maldiciones bíblicas -pájaros, cólera del mar, firmamento desgarrado-. En fin, una estupenda y desasosegante novela. Una sorpresa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de mayo de 2007

Más información

  • José Luis de Juan