Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

Cicatrices al sol poniente

Como la plaza es fea y la gente la cruza con prisas, la mayoría ni se habrá fijado. Pero cada tarde, a la luz plana y amarillenta del sol poniente, la fachada del viejo edificio de Telefónica, en la plaza de Catalunya, se enciende y delata sus cicatrices, los agujeros hechos por docenas de disparos de fusil, mal parcheados por décadas de olvido, cemento y pintura. Los verán recuadrados, junto a las ventanas, a media altura.

Allí empezaron, a las tres de la tarde, este 3 de mayo ha hecho 70 años, Els Fets de Maig de 1937, según bautiza, piadosa, la historiografía local. Prefiero la versión distante de Anthony Beevor, un militar profesional británico puesto con envidiado éxito a cronista de batallas famosas: fueron, escribe, "la guerra civil dentro de la Guerra Civil" (La Guerra Civil española, Crítica, 2005, capítulo 22). Desde el alzamiento militar de julio de 1936, cuenta Beevor, el edificio de Telefónica estaba en poder de los anarquistas, quienes podían controlar las comunicaciones telefónicas que entraban y salían de la ciudad, incluyendo, naturalmente, las de Companys y Azaña. Así, por supuesto, no hay manera de ganar una guerra, como ya viera antes otro inglés, George Orwell, aún mejor escritor que Beevor e interesado testigo del desastre (Homage to Catalonia, 1938).

Este país conserva un deje anárquico que se deja ver en la opinión que bastante gente tiene de sus gobiernos

Cuando el comisario de orden público Eusebio Rodríguez Salas, un neocomunista a quien sus enemigos habían querido matar días antes, llegó a la plaza con tres camiones de guardias de Asalto y con ánimo de recuperar el edificio, sus guardias no pasaron de la planta baja, pues los anarquistas les ametrallaron desde arriba. La voz corrió como silban las balas y, muy pronto, el casco viejo de la ciudad se convirtió en campo de batalla entre anarquistas y trotskistas, por un lado, y comunistas y ugetistas, por el otro. Paz, por llamarla de algún modo, la repondría cuatro días después un convoy de camiones con 5.000 guardias de Asalto enviados por el Gobierno central desde Valencia. Luego está la tragedia de Andreu Nin, en la que no voy a entrar.

Lo desazonador es que, todavía hoy, me sienta más inclinado a leer la narración de estos sucesos en la visión lejana y horrorizada de escritores extranjeros que en las de legiones de memorialistas propios, de esta o aquella orientación ideológica -detectable en la segunda página de sus libros, cuando no en su contraportada- y, desde luego, universitarios cabales que entienden la historia como desinfección mental, como un ejercicio gimnástico de higiene escolar. Beevor, quien había publicado la primera edición de su libro en 1982 y que lo ha rehecho a mejor hace un par de años, no engaña a nadie aunque se equivoque a veces, dejando bien claro que el terror blanco superó al rojo y no sólo porque el primero dispuso de mucho más tiempo para asesinar, aterrorizar y ahuyentar.

Pero de esto a pensar, sólo por ejemplo, que los comunistas de nuestra Guerra Civil eran gente de orden menos siniestro que de izquierdas, hay un buen trecho que el autor, buen conocedor de los archivos postsoviéticos, se niega indignado a caminar. No basta ahora con llamarles estalinistas para mal tapar, como los agujeros del edificio de Telefónica, la desmemoria de aquel desastre. Cómo serán las cosas en este país, que aun ha de amanecer el día en que, para saber de ellas, uno pierda la querencia instintiva de preferir el hispanista al español. Quizá nos falta otra generación. A todos.

Luego, la sensación de que el anarquismo sindical y político se disolvería a tiros y que nunca más recuperaría protagonismo alguno en nuestro devenir político democrático parece confirmada por la historia posterior de la democracia española: ¿dónde están los anarquistas?, ¿en qué partidos y sindicatos?, ¿se los tragó la tierra?

Nada de eso. Como las cicatrices del edificio de la plaza de Catalunya, este país conserva un deje anárquico que se deja ver en la abstención electoral, en la opinión, entre mala y pésima, que bastante gente tiene de sus gobiernos, absolutamente de todos, y, finalmente, en un individualismo entre bienintencionado e incivil que enamora y exaspera al mismo tiempo: aquí se tapan agujeros, pero no se cumple lo suficiente con la palabra dada, ni se acata la ley si no va acompañada del palo.

Lo bueno, en cambio, es que el país funciona, y su clase política, algún que otro mentecato aparte, es mucho mejor de lo que sus dirigentes se empeñan en decir cuando hablan de sus adversarios. Y quizá tampoco es tan malo que la gente ignore a qué se deben esos recuadros de un palmo o así que se dejan ver al sol poniente y que ocultan, en plena plaza de Catalunya, un desastre que hoy yo quería recordar. Quizá pondría una placa, como hacen los franceses en París, para que, sin acritud, nos acordemos de aquella pobre gente. Así recuerdo, todas las mañanas, a la luz del nuevo día, el inicio de aquella guerra de salvajes, cuando, tras aparcar mi coche, veo los agujeros, esta vez sin tapar, hechos por las balas de 1936 en los edificios ruinosos de los cuarteles que medio ocupa mi universidad, junto al zoo, al otro lado de la calle de Wellington y a media fachada del caserón más meridional. Los veo y los vuelvo a ver y nunca puedo dejar de preguntarme por la suerte tristísima de los hombres jóvenes que mataron y murieron allí. Todas las mañanas.

Pablo Salvador Coderch es catedrático de Derecho civil en la Universidad Pompeu Fabra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de mayo de 2007