La implosión de la izquierda en la vida política actual no es fruto del azar ni consecuencia de una inevitable alternancia histórica de las grandes opciones ideológicas, sino resultado de un conjunto de acciones, preparadas con brillantez y ejecutadas con energía por el neorreaccionarismo mundial que confirman y legitiman en cada contexto concreto las tendencias ultraderechistas derivadas de las determinaciones estructurales de carácter global, hoy dominantes. Entre ellas, de manera principal, la dilución de la economía real, en particular industrial, en el océano de la economía financiera, con los prodigiosos beneficios de la especulación y la casi total desaparición de los obreros y de la condición obrera del discurso político-económico, como ha podido comprobarse, una vez más, en la reciente campaña presidencial del Partido Socialista francés. Este obstinado y suicida silencio de la izquierda institucional sobre la realidad del mundo obrero y de sus luchas ha liquidado las referencias intelectuales y el marco mental que las hacían inteligibles y les daban sentido, reduciéndolas hoy al drama del paro que no acaba de desaparecer, a la precariedad de toda actividad profesional y a la siniestralidad que su ejercicio conlleva. El proletariado y más ampliamente la lucha de clases y el movimiento obrero no sólo son antiguallas irrelevantes que carecen de toda pertinencia, sino que su simple evocación puede resultar perturbadora y contraproducente. En el estudio de Rémi Lefevre y Frédéric Sawicki La société des socialistes. Le PS aujourd'hui (Le Croquant, 2006), los autores describen el abandono del anclaje popular y el debilitamiento de la voluntad transformadora y del militantismo de las bases, como una consecuencia inevitable de su proyecto de convertirse en un partido de gobierno, con la consecuente profesionalización de las prácticas que ello exige.
Lo que se traduce en una notable modificación de sus modos pero también de la procedencia familiar de sus miembros y de sus dirigentes como atestigua la pertenencia social de sus diputados, que en la antigua SFIO -el partido socialista de la III y IV República- provenían en casi el 35% de las clases populares y que hoy en su casi totalidad se reclutan entre miembros de las clases medias y altas. Esta desafección por parte de las clases populares de la izquierda convencional o de gobierno, muy bien estudiada en Francia por Henry Rey (La gauche et les classes populaires; La Découverte, 2004), tienen una doble motivación, el inquietante aumento e insultante exhibición de las desigualdades -al mismo tiempo que el presidente saliente de Airbus, el señor Forgeard, se lleva 8,5 millones de euros como premio de consolación, la prima reservada a los obreros ha pasado de 1.500 euros el año pasado a 2,80 este año- y la creciente inseguridad social. Certeramente descrita por Robert Castel, para quien más allá del paro y de la precariedad aparece en el astillamiento del colectivo obrero, en la multiplicación de los status de la condición laboral, en el aumento de los trabajadores pobres, en las deslocalizaciones salvajes en las que los empresarios se llevan sin prevenir y sin pagar las instalaciones, en la dramática desindustrialización de comarcas y regiones, sin capacidad reactiva y condenadas por tanto a la pobreza. La anunciada intención de voto según los últimos sondeos de los partidos de la izquierda real, que a pesar de las consignas de sus líderes de votar por Ségolène Royal parece que se abstendrán, e incluso que un 15% de los votantes de la Liga Comunista Revolucionaria lo harán por Sarkozy, prueban el rechazo exasperado de asociarse a una política que consideran un engaño por parte de muchos que aspiran a una sociedad más justa. Didier Eribon, en su análisis D'une révolution conservatrice et de ses effets sur la gauche françaisen (Editions Léo Scheer, 2007), nos ofrece un relato pugnaz del abandono de las posiciones de progreso por parte de los intelectuales franceses y de su incorporación a las opciones (conservadoras) de poder que van desde el proisraelita y antes maoísta Glucksman, pasado con armas y bagajes a las filas del señor Bush y por tanto Sarkozy, hasta Pierre Rosanvallon, gran valedor del posibilismo social-liberal en Francia. Esta deserción de la lucha ideológica, este odio a la democracia real de los intelectuales cansados o vendidos que denuncia Jacques Rancière en La haine de la démocratie (La Fabrique, 2005), supone una responsabilidad especial para quienes estamos en este oficio de leer y escribir y que no aceptamos ni la negación salvífica del conflicto ni la renuncia tranquilizadora a su superación. Nuestro compromiso con la resistencia crítica es hoy más imperativo que nunca.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de mayo de 2007