Ni nuestros hábitos alimentarios mejoran ni resultan tan eficaces como pregonan quienes venden dietas de adelgazamiento a bombo y platillo bajo el paraguas de exclusivos y publicitados centros de cura. Un informe de la revista Consumer-Eroski sostiene que dos de cada tres clínicas especializadas en España no ofrecen lo que prometen. Pero eso sí, presentan costosas facturas. Cobran una media de 1.400 euros por tratamientos rápidos que apenas duran y que no se ajustan a lo que aconsejan los nutricionistas.
El gran problema físico de los seres humanos durante esta primera parte de siglo es la obesidad. En realidad, ya en el último cuarto del anterior sonó la alarma en Estados Unidos. España se ha colocado en poco tiempo entre los países europeos con mayores índices de obesidad. Los últimos datos de la Encuesta Nacional de Salud son bastante elocuentes. Por primera vez, más de la mitad de la población adulta sufre de sobrepeso u obesidad (52%). Y aún es más perturbador que esa tendencia sea más acusada entre la población infantil. Los niños gordos son ya el 23%.
Entender el problema como un asunto de estética o ironizar sobre las campañas contra la gordura es irresponsable. Hay que entenderlo ante todo como un problema de salud nacional. Por tanto, a nadie le conviene tener quebraderos. Eso no significa, obviamente, estar sometidos a la dictadura de la balanza. Quien padece de sobrepeso o de gordura debe ser consciente del mayor riesgo que tiene de contraer enfermedades cardiacas u óseas. Pero no sólo ellos pagan por la enfermedad. También el Estado, que tiene que sufragar el desgaste económico que comporta el tratamiento de la obesidad y el descenso de productividad laboral que acarrea.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de mayo de 2007