Después de ver el debate televisado entre los dos candidatos a la Presidencia de la República Francesa sólo me queda añorar que un debate de características similares pueda ser alguna vez posible en nuestro país. Fue un debate intenso, directo, educado, tranquilo en el tono y razonablemente respetuosos ambos en los turnos de palabra, que por cierto eran escrupulosamente controlados por los moderadores y visualizados por todos los telespectadores con dos relojes.
Nada parecido, en síntesis, a cualquiera de los pocos debates que en los últimos años hemos tenido la suerte de presenciar en nuestro país, momento en el cual asistimos a un debate caótico, plagado de insultos, sin respeto a los turnos de palabra, maleducado en el tono y en la forma, y muchas veces apelando a la escenografía de caras, gestos, etcétera, que sirven para sazonar las frases demagógicas de turno con las que se elude el debate real y serio de ideas y programas.
Mi aplauso a la madurez y clase política que demostraron Sarkozy y Royal, y mi añoranza por algo parecido en nuestro país desde ya mismo. Igual que los deportistas son estandartes con sus actitudes y declaraciones de una manera de hacer deporte, la clase política -y especialmente determinado partido en los últimos años con su demagogia y catastrofismo permanente- es responsable de toda una manera de hacer política que contribuya a la madurez y categoría de sus ciudadanos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de mayo de 2007