El señor Aznar proclama ante los bodegueros que él no es hombre al que le vayan las imposiciones. Que no le diga nadie que no puede ir a más de tanto o que no puede beber más de cuanto. Que le dejen beber el vino que quiere, exige, con su recio temperamento castellano. Lo primero que me pregunto es si el señor Aznar cae en la cuenta de que las limitaciones de velocidad en la carretera ya existían durante su presidencia, o si por el contrario, descendido del alto pedestal de su poder, las ha descubierto ahora como un latoso engorro, producto sin duda de una conspiración entre Rubalcaba y Zougam, con la connivencia de la DGT y los díscolos párrocos de Entrevías, por poner un ejemplo. Lo segundo que me pregunto es si alguna vez ha recomendado a su bienamado amigo George W. Bush, ex alcohólico tan confeso como presunto, que se dé al vino con semejante alegría; ya lo ha apuntado alguna vez Maruja Torres: tal vez así a todos nos fuera mejor. Mi tercera observación me lleva a admirar la singular astucia con que el señor Aznar escoge su auditorio: los bodegueros que acaban de condecorarle. No dudo que la obstinada coherencia del señor Aznar le hubiera llevado a expresarse en los mismos términos en el hospital de Parapléjicos de Toledo, o frente a la Asociación Nacional de Familiares de Víctimas de la Combinación Alcohol+Carretera, o frente a la Convención de Madres que Han Perdido a un Hijo Atropellado por un Conductor Ebrio. Gracias, señor Aznar, por la demostración en vivo de los estragos vinícolas en una persona de bien.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de mayo de 2007