Mi abuelo tuvo un socio francés. Compartían un negocio en el bulevar Sebastopol para vender productos hortofrutícolas valencianos en París. La complicidad de José Ribera y Louis Prieur se inició entre las dos guerras mundiales. La entente sugestiva y prometedora no superó la crisis española de la Guerra Civil, y quedó liquidada a consecuencia de la segunda gran guerra.
Cuanto ocurre en tierras francesas influye en España. Francia es un gran país con una posición geoestratégica decisiva para el resto de Europa. Es una república presidencialista y centralista. La descentralización de su aparato administrativo es siempre una cuestión pendiente. Los franceses en su mayoría no comparten este tipo de tendencias centrífugas.
En las últimas elecciones presidenciales ha ganado el neoconservador Nicolás Sarkozy de acuerdo con todos los pronósticos. Francia ha optado por la aplicación de las recetas de siempre, pero con mano dura. Esta opción tendrá consecuencias inmediatas para la política europea y para los países vecinos. En este sentido algunas zonas de España han estado histórica y comercialmente más cerca de Francia. Los valencianos, por distintas razones, nos hemos sentido más próximos a los franceses. El Mediterráneo que compartimos, la dirección inexorable de nuestras mercancías con destino a los mercados europeos, el idioma que se asemeja en sus raíces con el valenciano, la comercialización de vinos, pasas, productos del campo junto con el intercambio de iniciativas y proyectos. La seda nos hermanaba con Lyon. La industrialización valenciana, que fue más importante de lo que algunos creen, tiene acento francés en muchos de sus capítulos. El turismo en todas sus modalidades cuenta con huellas francesas, hasta en algunas remesas de inmigrantes que, provenientes de Argelia, decidieron quedarse en España antes que volver a Francia. La legislación española e incluso el proceso constitucional de nuestro país, evidencian la inspiración gala. Por ejemplo, nunca hubiera existido la línea hispana de ferrocarril de alta velocidad si no se hubiera desarrollado antes el TGV francés, que nos sirvió para modernizar las comunicaciones hacia Europa a través del país vecino.
Uno de los valores de Sarkozy es que no dice las cosas a medias ni oculta su forma de pensar, cuando previamente está convencido de que le conecta con la mayoría de los ciudadanos franceses que le votan. La Francia de Sarkozy tiene el compromiso de superar la profunda crisis económica y política que ha soportado a lo largo de los últimos años. El afán reformador impulsa este nuevo proyecto que entierra las vacilaciones de la dilatada presidencia de Jacques Chirac y la grandeur trasnochada de Mitterrand, al tiempo que conecta con el chovinismo del general De Gaulle. No en vano Sarkozy quiere acabar con las reminiscencias del movimiento de mayo del 68, que tiene raíces pequeño burguesas, como las tuvo la Revolución Francesa a finales del siglo XVIII. La figura de Sarkozy se mueve entre Luis XIV, Robespierre, Napoleón y Charles De Gaulle. En mayo de 1968 el germen regeneracionista que partió de las algaradas estudiantiles de París, se propagó por el resto de Europa. De Gaulle, con todo su carisma, tuvo que dimitir presionado por la opinión pública y por aquellas ingenuas pintadas que le acusaban de que "le chien c'est lui" o que se prohibía prohibir.
No podemos pretender que Nicolás Sarkozy tiene demasiado paralelismo con algunos de los políticos españoles que actúan estos días en las campañas electorales. Pero sí que puede originarse un cierto mimetismo. El último gran debate televisivo entre Ségolène Royal y Sarkozy ha supuesto un hito en la expectativa política de las audiencias europeas, precisamente porque existía la conciencia de que el futuro de la Unión Europea y de las relaciones comunitarias con Estados Unidos dependía de esa elección. Sarkozy, a diferencia de sus antecesores, no ha disimulado su preferencia por las tesis norteamericanas y pro atlantistas. Angela Merkel, canciller alemana y presidenta actual de la Unión Europea, comparte la necesidad de un cambio y la conveniencia de reconducir el tratado constitucional europeo que se quedó en tierra de nadie tras el portazo de Francia y Holanda. En ese terreno el nuevo presidente francés rechaza la aproximación de Turquía a la UE como reflejo de su posición radical en la política migratoria, que tan duras reacciones provoca en el país vecino.
La mayor similitud podemos encontrarla en que las sociedades modernas reclaman un impulso regenerador de la vida política, de la actividad económica y del estado del bienestar. Se constata un interés creciente por la consecución de resultados palpables a corto plazo, lejos de las elucubraciones ideológicas que los nuevos ciudadanos ni aprecian ni comprenden. Demandan acciones con repercusión inmediata para resolver los principales problemas de la sociedad. Y sobre todo, que consigan inspirar confianza de los votantes para creer en la vida política.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de junio de 2007