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La ofensiva terrorista

El suelo del infierno

El comunicado de ETA hecho público ayer enterró las esperanzas falsamente alentadas por los dirigentes del brazo político de la banda terrorista -tras el bombazo del 30 de diciembre en Barajas- para forzar la legalización electoral de la izquierda abertzale, sólo a medias cumplida. El anuncio del final de las conversaciones con el Gobierno -"no se dan las condiciones democráticas mínimas necesarias para un proceso negociador"- sirve de prólogo a la consumación definitiva de la ruptura de la tregua declarada el 22 de marzo de 2005. El tono amenazador del texto -"renovamos nuestra decisión de defender con las armas al pueblo que es agredido con las armas"- y la fijación del momento (la pasada madrugada) para iniciar la cuenta atrás de los atentados -"ETA ha decidido suspender el alto el fuego indefinido y actuar en todos los frentes en defensa de Euskal Herria"- son acompañados por un llamamiento a la rebelión ciudadana contra las instituciones de la "falsa y corrompida democracia". El documento prodiga las descalificaciones y las consignas, desde la denuncia de la "situación de excepción" sufrida por el País Vasco y Navarra hasta la deslegitimación de las elecciones del 27 de mayo, pasando por las agresiones contra Euskal Herria. Si el presidente del Gobierno recibe una vitriólica reprimenda ("el talante de Zapatero se ha convertido en un fascismo que deja a los partidos y a los ciudadanos sin derechos"), los dirigentes del PNV son "desenmascarados" por su sed insaciable de dinero y por aumentar el sufrimiento del pueblo vasco al amparo del españolismo.

La única novedad en la previsible prosa de ETA afecta a la ritual invocación de sus comunicados a la territorialidad de Euskal Herria, habitual escolta verbal del principio de autodeterminación cuya puesta en práctica consagrará antes o después la independencia de esa nueva entidad política como Estado soberano. El comunicado distingue dentro de ese proceso unificador y anexionista dos etapas temporales sucesivas y dos zonas geográficas separadas por la frontera hispano-francesa. La primera fase integraría en "un único marco" a los tres territorios de la actual Comunidad Autónoma del País Vasco (Álava, Vizcaya y Guipúzcoa) y a la Comunidad Foral Navarra actualmente bajo soberanía española; la segunda etapa englobaría a Lapurdi, Baja Navarra y Zuberoa, comarcas francesas ultrapirenaicas. La apoteosis final será la conjunción de las siete en una del programa máximo en un plazo indefinido: tal vez el temor de ETA a abrir simultáneamente un doble frente terrorista contra los Estados de España y de Francia explique esa insólita concesión al principio de realidad.

La breve comparecencia a media mañana de ayer del presidente del Gobierno ante los periodistas -con la descortesía de no admitir sus preguntas- levantó acta de la suspensión verbal del alto el fuego, que no hace sino confirmar la sangrienta ruptura de la tregua perpetrada hace poco más de cinco meses con el atentado de Barajas. Zapatero afirmó que esa decisión es "una nueva equivocación" de la banda terrorista; el término resulta demasiado impreciso para fundamentar un diagnóstico operativo: ¿se trata sólo de una conducta condenable según los patrones éticos vigentes en una sociedad democrática o también de un paso lesivo para los intereses propios de ETA como organización delictiva? En cualquier caso, la banda terrorista no es el tipo de actor racional de la teoría de juegos sino un agujero negro cuyas tomas de decisión obedecen a criterios imprevisibles y ajenos a la lógica de los observadores. La creencia de que ETA se equivoca si su conducta no coincide con nuestros pronósticos recuerda la tendencia de Ricardo Zamora a culpar de los goles cuando era batido, no a sus fallos como portero, sino a las pifias del delantero.

El presidente Zapatero recordó que ha "realizado todos los esfuerzos posibles para alcanzar la paz" y avaló la "autenticidad" del trabajo llevado a cabo por su Gobierno en ese terreno. Aunque ambas afirmaciones sean ciertas, las buenas intenciones, cantera que a veces sirve para empedrar involuntariamente el suelo del infierno, no son la única virtud requerida a los gobernantes: también necesitan experiencia para no dejarse engañar, frialdad para separar deseos de realidades, modestia para rectificar a tiempo los desaciertos y prudencia para tomar decisiones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de junio de 2007