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MIRADOR

El circo humano

Con el argumento de que todo es lícito para ganar audiencia televisiva, los humanos estamos a un paso de convertirnos en animales de exhibición. Los reality shows nacieron en Estados Unidos y pronto se extendieron como la espuma por el resto del mundo. Tocaron techo y pareció que iniciaban el declive. No fue así. Al contrario, se hicieron más escabrosos. Fomentaron la rebelión contra los defectos.

Sus creadores dejaron aparcada por un momento la psique de los concursantes -éstos ya se encargaban de enfangarla por sí solos con sus actos para deleite del espectador- y decidieron explorar el físico. Así, un gordo podía aspirar a flaco, una fea a guapa y, ¿por qué no?, un enfermo de riñón a ilusionarse con la generosidad de un donante. No hubo límites ni tampoco parece que los habrá a juzgar por ese reciente programa, emitido en una televisión privada holandesa, en el que una artista fingiendo tener cáncer anunciaba que cedería un riñón antes de morir a un enfermo a elegir entre tres candidatos. La ficción y la verdad se solaparon. Todo, explicaron sus creadores, para conseguir que un país, que figura a la cola de la donación de órganos, se conciencie y se haga más generoso. El programa fue un éxito de audiencia e incluso hasta cumplió algunos de los objetivos: 30.000 espectadores pidieron el carné de donante. ¿A costa de qué? Pues a costa de frivolizar con la enfermedad, de introducir componentes sádicos, pese a que todos los protagonistas estuvieran compinchados, y a alimentar la sospecha de que la donación de órganos se puede convertir en una subasta semejante a la de una feria de ganado. Claro que tal vez los humanos nos hemos degradado tanto que no hay razón para escandalizarnos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de junio de 2007