ESCRIBÍA LEONARDO da Vinci, apoyándose en la máxima horaciana ut pictura poesis, que el pintor supera al poeta en la descripción de historias y en la invención de escenarios, argumentando que la pintura es una "ciencia" comparable a la poesía a quien "aventaja en fingir hechos". La tarea de los pintores en el Renacimiento es, por lo tanto, contar historias creíbles y reconocibles para lo cual tienen que fingir los personajes e inventar los escenarios, pero lo tienen que hacer con veracidad. Frente al esquematismo simbólico con el que se expresan los pintores medievales, los artistas renacentistas abrieron los ojos al mundo y miraron. En esta escuela de la mirada que es la pintura renacentista, el pintor flamenco, contemporáneo de Leonardo, Joachim Patinir ocupa una posición central. Formado en Amberes, lejos de la Italia que pretende renacer a las ideas y modos de la Antigüedad, lejos también del control de la ortodoxia impuesta por la Iglesia, su visión del mundo pasa por un reconocimiento minucioso de los elementos de la naturaleza, tales como las plantas, los animales, las rocas o los árboles que no son tomados de los tópicos laca amoena de los poemas virgilianos sino producto de una observación empírica puesta al servicio de la fantasía que alimenta la ficción pictórica.
Uno de los cuadros más emblemáticos de Patinir, El paso de la laguna Estigia, muestra cómo el pintor, haciendo gala de erudición renacentista, pinta la escena del descenso al reino de las sombras que Virgilio canta en la Eneida. Aquí, Caronte, el barquero del Hades, que protagoniza la escena, aun siendo de mayor tamaño que el resto de los personajes, ocupa una escasa porción en la tabla que es literalmente ocupada por un escenario inundado de bosques, ríos, montañas y un ensombrecido cielo plagado de nubes. Todos los elementos de lo que un siglo después se denominará "paisaje" se encuentran ya presentes en este cuadro de historia .
Ante los cuadros de Joachim Patinir los espectadores nos quedamos fascinados. Los ojos recorren sus pequeñas tablas sorprendidos ante la naturalidad y verismo con que se representan las montañas en la lejanía, los campos con sus grupos de árboles repletos de frutos y flores, que contrastan con la fantasía de sus construcciones ficticias, todo ello descrito con esa minuciosidad escrutadora de la que abominaba con desprecio el gran Miguel Ángel.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2007