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Análisis:

Saltimbanqui

JEAN STAROBINSKI (Ginebra, 1920), ese sagaz explorador de la cultura contemporánea, reparó hace ya más de un cuarto de siglo en la fascinación que ejercían los payasos entre los escritores y artistas de nuestra época. Hace poco, en 2004, republicó, ampliado, el ensayo dedicado a este tema, cuya traducción castellana acaba de editarse en nuestro país con el título original: Retrato del artista como saltimbanqui (Abada). Aunque el tema del bufón, con todas sus prolijas variantes, tiene antecedentes en la historia del arte y de la literatura desde bastantes siglos atrás, resulta sorprendente, no sólo la multiplicación de su presencia en creación de vanguardia durante los siglos XIX y XX, sino sobre todo que se haya convertido en la manifestación hiperbólica de la identidad del artista innovador contemporáneo. Ya Watteau, durante el primer tercio del XVIII, con su retrato del prototípico payaso Gilles, representado de cuerpo entero, todo blanco y con los brazos caídos, sobre un adivino que el melancólico e inestable pintor se sentía como tal muy próximo a la patética imagen del arlequín efigiado por él. Desde entonces, esta identificación se ha repetido, una y otra vez, llegando a su apoteosis con Pablo Picasso, que volvió sobre el asunto, de una u otra forma, hasta el final de su dilatada carrera.

Al comentar esta recurrencia generalizada, Starobinski no sólo analiza la amplia casuística de tipos y modos de representación del saltimbanqui en el arte de nuestra época, sino el origen sagrado de esta figura y su cada vez más conflictiva supervivencia en un mundo secularizado. Es lógico que este personaje marginal y marginado atrajese la atención del creador en una era burguesa, marcada por el materialismo, el positivismo y el pragmatismo, para la cual el arte en sí estuvo y está bajo sospecha, incluso cuando ha demostrado con creces su valor mercantil. En cualquier caso, como bien apunta Starobinski al final de su brillante ensayo, es la festival renovación del papel arbitrario y sinsentido del payaso el que le hace todavía perdurar, en parte lo mismo que le ocurre al artista.

Hay, no obstante, una reserva crítica al respecto, que deja caer el pensador suizo, cuando nos advierte que la extensión social del dominio de la caricaturizante payasada, como, por cierto, hoy ocurre con cualquier motivo, aunque éste sea, en principio, de lo más serio, no sólo dejaría sin trabajo a estos profesionales del delirio, sino, lo que es más grave, su función social como los portaestandartes del sinsentido. En efecto, ¿cómo tomarse en serio cualquier forma pública de histrionismo si hoy, con cualquier excusa, la gente se manifiesta como si se tratase de una mascarada carnavalesca, tomándose a sí mismo como un espectáculo gratuito? En arte, estas travesuras las impulsó el dadaísmo y no han cesado hasta la actualidad. Entonces, concluye Starobinski, "el bufón baja a la calle, ocupado, ocioso, embadurnado-embadurnador, mudo en su clamor, violento para nada. Ya no hay límites, así pues, tampoco transgresión. Queda la burla". La del burlador burlado, añadiría yo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2007