Si, como dijo Rubén Darío, para un poeta "ser sincero es ser potente", la grandeza del inglés Philip Larkin (1922-1985) consiste en haber encontrado la forma lírica para dar voz a su misantropía. Las bodas de Pentecostés (1964) enfoca los grises suburbios provinciales, "el mundo de-lunes-a-viernes de aquellos / que salen al alba de sus casitas pareadas / para fichar en fábrica, taller u obra" ('Grandes almacenes'). El mundo del tedio oficinesco en el que, sin embargo, se está a salvo: "dadme mi montaña de papeles, / mi secretaria con permanente, / mi le-paso-la-llamada-señor..." (¿no había dicho ya Pessoa que "la oficina es en cierto modo el hogar, es decir, el lugar en el que no se siente?"). La misantropía de Larkin, con su cargado wit sin rebajar, no deja a salvo ni a los niños, crueles sacrificadores de mascotas, y defiende su soltería a base de compararse con un tal Arnold, que se mata trabajando para "las chorradas de los niños, la secadora, la calefacción y la batidora". En 1955, Larkin había conseguido el puesto de bibliotecario de la Universidad de Hull y no quiso dejar ese rincón ni siquiera cuando, a la altura de su siguiente libro -Ventanas altas (1974, excelente versión castellana de Marcelo Cohen, Lumen, 1989)-, fue reconocido como uno de los principales poetas del momento.
LAS BODAS DE PENTECOSTÉS / JILL
Philip Larkin
Traducción y prólogo de Damián Alou y Marcelo Cohen
Lumen. Barcelona, 2007
114 y 338 páginas
14 y 21 euros, respectivamente
La potencia de Larkin provie
ne, en buena medida, de su extraordinario talento para darle a la fluidez de sus rimas una sonrisa de amargura innegociable. El poema que da título a Las bodas... es uno de los ejemplos más elevados: el interior de Inglaterra aparece a través de la ventanilla del tren; adentro, "hedor a tela de vagón con botones"; afuera, pueblos "anodinos, tras extensiones de coches desmantelados". El deliberado décalage entre el virtuosismo acentual y el contenido pedestre de sus versos es muy difícil de traducir: "Not till about / One twenty on the sunlit Saturday": "hasta eso de / la una y veinte de un soleado sábado". Alou prefiere el sentido al sonido, en versiones vertebradas por el eje narrativo de cada poema.
Había nacido en Coventry en 1922, año en el que Eliot publicó La tierra baldía, que representa todo lo que Larkin iba a rechazar de plano: la poesía como asunto del poema. Larkin lleva al extremo la vía abierta por su admirado Thomas Hardy: el uso de una entonación estrictamente conversacional para representar la tristeza urbana, tan ajena a la exaltación estética como al sermón apocalíptico. Fue el poeta de la experiencia en la certeza de que la experiencia es ya una cosa extinta, domesticada, y que el hombre de letras se aburguesa en la morbidez de su vida de clase media, aunque -en su caso- no sin convertir en verso memorable el registro de esa chatura. En el prólogo a una antología catalana de Larkin, José María Valverde lo comparaba con Gabriel Ferrater -y la idea podría extenderse a Gil de Biedma- en la consecución de una poesía "capaz de opinión y de belleza a la vez".
En su juventud, Larkin escri
bió dos novelas. Jill, la primera, compuesta con poco más de veinte años y publicada en 1946, es un autorretrato del primer trimestre que pasó como estudiante de literatura inglesa en Oxford (la segunda novela, A Girl in Winter, está inédita en castellano). Eran los años de la Segunda Guerra Mundial, y el joven provinciano y de familia obrera, miope y tartamudo, llega a la universidad más prestigiosa de Inglaterra, donde le toca compartir habitación con un londinense rico y borrachín. Y el joven pobre, que claramente representa la virtud -es inteligente, responsable y aplicado; ese talento le ha valido la beca sin la cual jamás hubiera soñado con llegar a Oxford-, se deja seducir por el vicio hasta desear encarnarlo con toda pasión. En el prólogo, el poeta se muestra divertido de que su gran amigo y ex compañero de Oxford, Kingsley Amis -cuya primera novela, La suerte de Jim, está inspirada en Larkin-, hubiera encontrado un ejemplar de Jill en una librería de viejo, entre ajados relatos pornográficos. Era el tipo de degradación que Larkin encontraba certero, casi como el más sincero reconocimiento, en la línea de ese aprendizaje de la decepción que su novela inicia y su poesía remata.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2007