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Crítica:POESÍA

Un retablo amoroso

A su muerte, ocurrida hace cinco años, Vicente Núñez dejó inédito un libro completo. Rojo y sepia reúne cuarenta poemas escritos entre 1985 y 1987. Con una mezcla de sabiduría y kitsch, el miembro del grupo Cántico reflexiona sobre el amor.

Mientras vivió (y salvo el mayor momento de éxito que llegó con Ocaso en Poley, 1983, Premio Nacional de la Crítica) Vicente Núñez (1926-2002) buscó un tanto el secreto, tras haber pasado, como los poetas del grupo Cántico de quienes se sintió muy cerca, bastantes años de silencio. Ahora se edita un nuevo libro suyo, que no quiso o no buscó editar en vida y que escribió entre 1985 y 1987. No se trata, por tanto, de una recopilación de inéditos rebañados de aquí o de allá, sino un libro formado y perfectamente estructurado. Cuarenta poemas, en general breves, sin título la mayoría, pero que componen un muy coherente friso de estampas, algo impresionistas, en ese peculiar estilo de Núñez donde lo inmediato se mezcla con lo hondo (sin dejar de ser inmediato) y donde la trascendencia, una sabia hondura, da la mano a momentos que se dirían casi frívolos. Con el fondo de una historia de amor singular y en parte frustrada -aunque Vicente hizo de tal frustración una metafísica creadora- los diferentes poemas (casi como partes de un poema único) parecen hacer un repaso por momentos de la biografía del poeta, con ese centro de amor -a otro hombre- que se cumple al no cumplirse: "Soy un almendro, /porque él lee mis versos / bajo su amparo. / Cuando llora, / mis pétalos lo cubren".

ROJO Y SEPIA

Vicente Núñez

Prólogo de Antonio Varo

Visor. Madrid, 2007

56 páginas. 8 euros

Dentro de la obra entera de Vicente Núñez (quienes conocimos al poeta sabemos que el rojo del título es una clave interpretativa, pero nítidamente biográfica) Rojo y sepia queda al lado de Teselas para un mosaico -1985, un bellísimo libro lúdico- y probablemente entre las dos piezas más altas de Vicente: la sensualidad metafísica y rotunda de Ocaso en Poley, y el apetito de sensitiva allendidad de Himnos a los árboles, 1989, que yo tengo ( como otros de Vicente, las Epístolas a los ipagrenses) por un proyecto no plenamente concluso. No es por tanto a mi juicio el de Rojo y sepia el Vicente Núñez más alto, más alzado en propósito, pero sí es un libro con el sello inconfundible del autor, del que forma parte cierto encanto kitsch que se entrama con la sabiduría. La voz de María Callas, los recuerdos de una Málaga cosmopolita y doméstica, los potiches caseros de nácar y cristal, se juntan con los momentos magos del amor y con el sueño ultraterreno de su posibilidad, tras el sufrimiento creativo de lo que alguna vez se negara. "Vivo / lo oscuro y poderoso /que hay en tu cuerpo. Sufro / una hebra de seda / y un perfume que araña". El prologuista de esta edición, que hace bien su labor, se equivoca sin embargo al sugerir en unas líneas que Vicente Núñez estaba en alguna bandería poética (contra "la poesía realista al uso") cuando precisamente la poesía de Núñez -y también la de Rojo y sepia- se goza en la mezcla de estéticas y él se quería singularmente aparte de romas disputas literarias, ajeno al ruido de la literatura, como se nos recuerda líneas antes. No, Vicente Núñez no pertenece a ningún clan (amó tanto a Cernuda como a Rilke) pero tiene también en este libro, y con su brillante singularidad, algunas vecindades con la estética motriz del grupo Cántico y más singularmente de su amigo Pablo García Baena: incluso si nos atenemos a lo más elemental, el uso de voces desusadas y la apoyatura estética en su sonido: "Prava", "gallonada", "algaba" o "enfranques", por ejemplo. Es un gozo pleno este pequeño libro lleno de intenso manierismo y de ese suicida vitalismo amoroso que está en la mejor poesía de Vicente Núñez, y para quienes lo conocimos, en su mágica puesta en escena, ella sí, perdida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2007

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