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Reportaje:

Gorka cumple su sueño

El portero tapado por Kameni deja el Espanyol para fichar por el Athletic, el equipo en el que quiso jugar desde niño

En un alarde de reflejos, recuperó la posición y estiró los brazos cuanto pudo. Nuno Gomes, el delantero del Benfica, que ya celebraba el gol, se quedó mudo y no pudo por más que reconocer el mérito de la parada. Gorka Iraizoz (Pamplona, 1981), portero del Espanyol, sacó una mano milagrosa, llevó al equipo a la final de la Copa de la UEFA y, de paso, se convirtió en el ídolo de la afición blanquiazul. Ayer, con lágrimas en los ojos, se despidió. "Me voy al Athletic, el club en el que he querido jugar desde que era niño", sollozó mientras daba las gracias a todos.

Para Gorka, el fútbol, más que una opción, fue casi una obligación. Su padre, Vicente, jugaba en la Tercera División y siempre le llevaba a los partidos. Más tarde, su tío Txutxín le metió en un equipo de fútbol sala que entrenaba. "Hoy nos falta un portero. Te metes tú", le dijo. Y se quedó para siempre. Pasó al Txantrea y el Baskonia, en el que le apodaron Tim Duncan [por el baloncestista]. Siempre fue una esponja, un niño que aprendía de todos. Su abuelo Eusebio le regaló la frase de cabecera: "Sé paciente y fíjate en los buenos". Y su madre, la disciplina: "¿Otra vez ropa con barro? Ya sabes cómo lavarla".

No todo le salió bien. José Luis Mendilibar, entonces técnico del Baskonia, le echó porque no le veía futuro. Pero no cejó y se marchó al Gernika, el filial del Espanyol y el Eibar, donde se topó de nuevo con Mendilibar. "Además de cabezón, demostró ser muy completo", concede el entrenador.

Tampoco le resultó fácil en el Espanyol, donde estuvo a la sombra de Kameni. Con Miguel Ángel Lotina se ganó la titularidad al final del segundo curso, cuando el técnico ya se despedía, y con Ernesto Valverde sólo disputó la Copa del Rey y la de la UEFA, donde demostró su fiabilidad.

"Me quedé muy triste cuando me fui del Eibar", recuerda Gorka, "y me da mucha pena irme del Espanyol, que me lo ha dado todo". El Athletic era su sueño; el equipo en el que jugó su ídolo, Zubizarreta. Ahora, como suele hacer antes de los partidos, escuchará la banda de Gladiator, besará el larguero de La Catedral y defenderá la camiseta que siempre deseó.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 2007