José Mercé hace tiempo que mantiene una apasionada historia de amor con La Unión, Meca de los cantes mineros y sede de un famoso festival que este año celebra su 47ª edición. La noche del pasado lunes, en la que el cantaor jerezano compartía cartel con la joven bailaora malagueña Rocío Molina la historia se repitió, y los años no parecen apagar el intenso romance.
El año pasado, durante su actuación en este mismo escenario -el antiguo mercado público surgido a comienzos del siglo XX, en pleno esplendor minero de la ciudad- Mercé anunció que acababa de ser abuelo. Un abuelo, desde luego, en plena forma, al que el público de aquí piropea sin parar, lo llama "¡guapo!" y no lo deja irse del escenario. Una vez, hace ocho años, tuvo que volver cuando ya había subido al coche en el que se marchaba, pues sabido es que desde hace mucho tiempo, los artistas flamencos ya no se quedan después de la actuación a compartir mesa y cante con los aficionados, como antaño, sino que vuelan hacia la cita con el siguiente bolo. Anoche el cantaor regresó en dos ocasiones al escenario para regalar propinas ante el fervor del público que abarrotaba el espacio reconvertido en sala de butacas.
Esta pasión unionense no nació cuando Mercé dio un giro a su carrera y comenzó a grabar discos más comerciales: Del amanecer, Aire o Lo que no se da, títulos que se convirtieron en éxito de ventas y con los que consiguió ganarse a un público amplio y más joven, que ya no distingue los palos flamencos, pero que sigue con fervor sus temas rítmicos o sus versiones de canciones como Al Alba. El romance viene de más atrás, cuando cantaba a solas con su inseparable Moraíto Chico, jerezano como él. Y precisamente anoche su recital fue clásico. Sólo hizo una concesión moderna: el tema Aire, que cantó a capella como propina, coreado por el público que lo había pedido insistentemente.
Antes y después, sólo o acompañado por su grupo, del que forman parte, además de Moraíto, su mujer, Marga García, y Faiquillo de Córdoba, hizo algunos de los palos clásicos del flamenco que fueron tradicionalmente su carta de presentación: la soleá, los fandangos, las bulerías, los tangos, las cantiñas de la bahía gaditana (que incluso bailó para deleite del público) y la estremecedora seguiriya cuya letra siempre evoca a su hijo muerto, Curro, y que esta noche quiso dedicar a Juan Cayuela, un viejo amigo de La Unión, impulsor y colaborador del festival, fallecido hace unos meses tras una grave enfermedad. Como viene ocurriendo con Mercé en La Unión desde hace muchos años (es casi fijo en los carteles del certamen), con él llegó el escándalo flamenco y el festival volvió a colocar -como ocurrió el pasado sábado con la actuación de Sara Baras- el cartel de "no hay billetes".
José Mercé cantará de nuevo el próximo día 10, en Madrid, dentro del ciclo los Veranos de la Villa, que este año reúne a buena parte de las grandes figuras del flamenco, informa Europa Press.
En su actuación, la bailaora debutante Rocío Molina, que completaba el cartel, se atrevió con el Taranto, el único palo minero bailable y que es obligatorio en el concurso de baile del festival. Un palo creado por la mítica Carmen Amaya, que lo estrenó en enero de 1942 en el Carnegie Hall de Nueva York, con la guitarra de Sabicas.
El Festival Internacional del Cante de las Minas continuaba anoche sus actividades culturales con la presentación del libro Chano Lobato, toda la sal de la bahía, en el que escriben, entre otros, la bailaora Matilde Coral, o los críticos y periodistas Fermín Lobatón y José Manuel Gamboa. Lobato, que ayer cerraba también las galas del certamen, es este año el artista homenajeado en el festival. Hoy, mañana y el viernes se celebrarán las semifinales de los concursos de cante, baile y guitarra, y el próximo sábado la gran final, a la espera de que surja algún nuevo talento joven, como ya ocurrió en el pasado con Miguel Poveda, Curro Piñana, Israel Galván o Vicente Amigo, entre otros.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 2007