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Crónica:MIS PERSONAJES DE FICCIÓN | SUPERMAN

Un superpolicía

Un retrato del primer superhéroe que existió: 'Superman', la alegoría de los Estados Unidos. El autor repara en las similitudes que hay entre el personaje de cómic y el país del que procede. Antonio Caballero nació en Bogotá en 1945. Ha sido columnista y caricaturista de numerosos diarios y revistas colombianos y extranjeros. Ganó el Premio Nacional de Periodismo Planeta (1999) con 'No es por aguar la fiesta', libro que recoge sus principales notas políticas en la década de los noventa.

Siempre hubo héroes en la literatura, y en esas ramas de la literatura que son la mitología y la historia. Y siempre hubo antihéroes, aunque el uso de esa palabra es bastante reciente. Héroes religiosos como el Hércules de los griegos, o fantasiosos como Sandokán, el "Tigre de Malasia", de Salgari, o de análisis psicológico como la Anna Karenina de Tolstoi (pues también han existido siempre las heroínas); y antihéroes como el santo Job, o como el pícaro Lazarillo de Tormes, o como el infortunado señor K de Franz Kafka (o la Justine de Sade). En cambio, el superhéroe es una creación literaria por completo novedosa. El primer superhéroe de ficción, y el modelo de todos los que han venido después, es Superman, nacido de la pluma del guionista Jerry Siegel y el dibujante Joe Schuster para la revista Action Comics en 1938. Antes no hubo ninguno.

Superman es norteamericano hasta en el hecho contradictorio de no haber nacido en Estados Unidos

Superman es un producto típicamente norteamericano del siglo XX: ése que ha sido llamado con razón el Siglo Norteamericano, pues prácticamente todo lo que lo caracteriza tiene su origen en los Estados Unidos: el cine, el automóvil, el ordenador personal, el rascacielos, la bombilla eléctrica, la bomba atómica, los anuncios publicitarios de la televisión, la comida basura, la incitación al consumo masivo de drogas y la prohibición legal del consumo de drogas. Y aunque no la democracia, sí la llamada "defensa de la democracia", que ha suplantado la democracia. Y aunque tampoco el comunismo es norteamericano, sí lo es el anticomunismo, que al cabo del siglo ha resultado ser más influyente que el comunismo. Para no irnos tan lejos, el prefijo súper del nombre de Superman ha sido impuesto y popularizado en todas las lenguas por el uso norteamericano. Y es norteamericano, finalmente, el híbrido género literario-pictórico que dio nacimiento al personaje: el de los cómics. Por muchos antecedentes históricos que se les busquen en los vitrales de las catedrales del Medievo o en los jeroglíficos del antiguo Egipto, los cómics son norteamericanos: la única forma original de arte popular que ha dado el siglo XX.

Dentro de todo eso, lo más genuinamente norteamericano es, desde luego, el propio Superman. Norteamericano hasta en el hecho en apariencia contradictorio de no haber nacido en los Estados Unidos sino en el remoto y condenado planeta de Krypton: es un inmigrante en un país de inmigrantes, dentro de la tradición iniciada por los peregrinos del Mayflower. Creció en el paisaje físico y espiritual más norteamericano imaginable, que es el corazón del Medio Oeste, en un pueblo simbólicamente llamado Smallville (Villachica), y se convirtió en un norteamericano como otro cualquiera: ese proverbial norteamericano común y corriente que puede llegar a ser presidente de los Estados Unidos. Igual a otro cualquiera salvo por el hecho de que, cuando se quita la corbata y las gafas y se enfunda su uniforme azul, rojo y amarillo (un uniforme que, paradójicamente, le permite escapar a la uniformidad) se convierte en Superman. O sea, en un superhombre. Pero no en un hombre superior: uno que, a la manera de otros héroes de ficción, muestre superioridad en alguna actividad humana, sea el manejo de la espada, como el Zorro, o el de la lengua, como Ulises. Sino en un hombre distinto. Tiene superpoderes. Sabe volar, es invulnerable a los cañonazos, goza de visión telescópica, es capaz de detener con la palma de la mano un tren que corre a toda velocidad. Más que un superhombre, es una máquina. Es esa superioridad de índole mecánica la que hace de Superman no sólo un héroe específicamente norteamericano (quiero decir: un superhéroe) sino la encarnación misma de los Estados Unidos: la primera potencia política de la historia que ha tomado para sí el apelativo de súper-potencia y ha querido basar su predominio en razones exclusivamente mecánicas y técnicas, de poderío físico, atlético, de hombre fuerte de un circo. En sus superpoderes materiales, sobre los cuales fundamenta y justifica su autoridad moral, no ya para dominar y dirigir a las naciones de la tierra sino para defenderlas. Porque Superman no es un Mesías venido para salvar al mundo, sino algo todavía peor: un policía que quiere vigilarlo.

Perdón: un superpolicía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 2007