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Crítica:CORRIDA GOYESCA

Olor a torero

Se habían retirado los coches de caballos, y en el palco, las goyescas posaron sedas, abanicos y madroñeras en el marco de piedra que cada año viene Goya a pintar, a la luz de Ronda, desde la oscuridad del Prado madrileño. En las gradas, variedad de lenguas y acentos uniformados por la pátina suave y el barniz aromático que el pintor utiliza para retratar nobles, burgueses y políticos. También farándulas, taurinos , profesionales de la fiesta, de la pomada y el pensamiento, de la construcción-destrucción y aficionados de vario pelaje; un trozo de la vida en los tendidos. Y faltó un presidente, que, con aires napoleónicos, hubiera sido lo más goyesco del festejo. Poca pintura negra. Mejor. Poca afición local y poco campo. En fin.

Zalduendo / Rincón, Rivera, Cayetano

Toros de Zalduendo; de desigual juego y presentación. Flojos y descastados en general. Buenos y nobles 3º y 5º, flojos 1º y 4º, brusco 3º y manso 6º. César Rincón: Tendida (vuelta); gran estocada (2 orejas). Francisco Rivera: Estocada (oreja); pinchazo y estocada (oreja). Cayetano Rivera: estocada algo caída (oreja); pinchazo, estocada y descabello -aviso- (oreja). Plaza de la Real Maestranza de Caballería de Ronda, 8 de septiembre. Corrida Goyesca. Lleno de no hay billetes. Salieron los tres por la Puerta de Pedro Romero.

El maestro Rincón se despedía. Nos brindó media luna negra y empezó a torear

En el paseo, calza por calzona, borla y bordado por alamar, redecilla por añadido, catite por castoreño y medio mundo por montera. Todo -lo de entonces y lo de ahora- de otra época y otro planeta. Pero el cielo es el mismo, el tajo dorado y agreste es el mismo, el vuelo de grajos y vencejos gritando al aire, jaleando al toro en las bambas de la tela, es el mismo vuelo, son los mismos gritos; las emociones de este arte inverosímil y candente son las mismas; y el olor... el olor a torero llegó a ser el mismo que percibió el maestro Rafael de Paula cuando estrenó en esta plaza su primer vestido de luces y se le acercó El Niño de la Palma: "Le veo cuando debuté en Ronda, la mirada triste, de torero bueno: 'hijo, que tengas suerte', y se fue despacio, con todo su dolor, oliendo a torero".

El maestro Rincón se despedía. Y no hubo aromas en el 1º, un recortado, casi mocho y sin casta que con trote corto y débil embistió sin celo ni humillación; sin el celo que tantas veces vimos a César y que esta vez no tuvo para humillarlo. Le quedaba otro y no quiso apagarse. Nos brindó media luna negra y empezó a torear. Murmullos para la enjundia, oles bajitos, y la muleta adelante. Tragaba el toro mal las series y dejó Rincón su clase en muletazos sueltos cuando el impulso torero vencía el pulso a la desconfianza. Había tablas, y ante el silencio de los abanicos, reaccionó el torero y dejó una estocada que puso en sus manos las orejas. Y el olor a torero en la plaza.

Francisco juntó los pies y dio capotazos largos al 2º, deslumbrado en el sol de las barreras nuevas, y lo fue encelando hasta que derribó al caballo. Comentaba la guasa del sur los vestidos -"plátano pintón", "hombreras reflectantes"- cuando se vio que el toro miraba con fijeza la tela y pedía mando y muñeca. Rivera lo llevaba templado y largo, pero lo echaba fuera, sin reventarlo, y sonaba la música con melancólica alegría, acorde a la emoción por estallar. Pero tras los naturales finales, surgió un derechazo que crujió. Y un suave olor a torero salió de la arena. Olor que se mantuvo cuando en el 5º empezó a parar la hora en la muleta, curvando el viaje como el Guadalevín, hasta sedarlo en dos naturales.

De la embestida corta y brusca del 3º, que se colaba, ciego de un ojo, por el derecho, recordamos un cimbreo, una promesa: una media recortada como el soplo de una vela, el empaque del natural y remates alegres, acordes a tal brusquedad. Pero en el último, manso huidizo, hubo capote denso a compás abierto, largas y serpentinas. Y ocurrió. Con la muleta adelantada y lenta, la figura compuesta, surgían retazos de tauromaquias -Ronda antigua y eterna-, toreo hondo y gracia alada le perseguían y lo envolvían con derechazos, de pecho y adornos que fueron cantes rotundos de la sierra en los ayudados. Y la plaza de Ronda olía a torero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2007