El cine español es una ciudad sin ley. O quizá un poblachón manchego que supo hacerse cosmopolita. El cine español son unas cuantas excepciones a las que no les hace falta la ley. El cine español, que siempre ha tenido quien le interprete, sigue buscando quien le escriba. El cine español ha pasado por el Congreso, por una comisión de cultura parlamentaria, que es algo más suave que hacer de actor de reparto en Doce en el patíbulo, pero que tampoco da muchas alegrías. El cine español tiene un problema, dos problemas, muchos problemas. Y es que el cine español ya no es tan español. Es un cine muy autonómico. Es decir, es un cine muy pequeño.
Me he pasado la semana viendo cine español. No porque me haya dado un ataque de patriotismo, sino porque los académicos, ¡con perdón!, votamos estos días la película que nos representará en los Oscar. El panorama es mejor mirarlo desde el puente. Con cierta distancia, seleccionando mucho y no haciendo caso a la taquilla. Si tuviéramos que ver las películas más vistas del cine español, nos haríamos franceses. Y queremos, algunos, seguir siendo españoles. Yo me pido un español de ésos de Berlanga. Mejor dicho, uno como Berlanga: un mal español.
Pues de esa estirpe queremos ser españoles. De la de cineastas como Berlanga, Buñuel, Fernán-Gómez, Neville, Patino, Erice, Almodóvar, Cuerda, españoles, muy españoles y muy raros. Muy suyos. Incapaces de hacer eso que hace tiempo llamábamos españolada. ¿Qué tal la película?: una españolada. Con eso ya sabíamos que no deberíamos perder el tiempo. Así crecimos, negando parte de nuestro cine. Precisamente el que era más popular. El que más gente vio, el que propició una industria y creó unos mitos entre niños cantores, folclóricas, baturros graciosos y españoles "salidos" que perseguían a macizas internacionales. Ahora quedan restos de españoladas. Pero ya no son lo que fueron aunque algunas hayan conseguido taquillazos, nuevos mitos y nuevos mitos.
Casi me da vergüenza confesar que yo esta semana he salido contento con el cine español que he visto. Si convenciéramos al público de que también hay películas españolas, que no son españoladas, que hablan de nosotros, que hacen reír, pensar, llorar, reflexionar o que dan ganas de amar y leer -como la última película de Gonzalo Suárez, Oviedo express-, podríamos conquistar un espacio que nunca se debió perder. Habrá que buscar la convivencia de los gustos populares con el aumento de la capacidad de seducción que deberían tener las otras películas de nuestro cine. Algunos de nuestros cineastas, francotiradores fundamentalmente, lo consiguieron en un tiempo y en este país. Eran otros tiempos. No había estas televisiones. Ni otras fórmulas caseras de ver el cine. Pero no tenemos que ser tan diferentes, ya no toca, de los franceses.
Mi lado optimista, regularmente informado, dice que el otoño cinematográfico promete. Vuelven clásicos como Garci, Martínez Lázaro, Mercero o Gonzalo Suárez. Llegan las nuevas de Icíar Bollaín, Gracia Querejeta, José Luis Guerín o Álvaro del Amo. Y espero que se mantengan, aunque sea de madrugada o que se puedan ver en casa, las películas de Jaime Rosales, Felipe Vega o Isaki Lacuesta. Hay más nombres, más películas, pero con un cine como el de estos citados, de otros que están en proyecto o buscando financiación, con algunos que surgirán, tenemos asegurado que el cine español tiene futuro. Y tiene miradas.
Por señalar algunas de esas miradas habrá que volver a enamorarse de Pilar López de Ayala, a la que Guerín llama Sylvia. Y de otras miradas. Una que nos acompaña hace ya décadas, comenzó de adolescente, y que es capaz de hacer creíble casi cualquier papel. Hablo de Maribel Verdú. Una actriz que desde hace ya muchos metros es una de esas presencias seguras de nuestro cine. Del dramático o del cómico. Vestida o desnuda. Con sus ojos o con un ojo ciego. De joven buscadora o de madre lanzada. Ya la verán en la película de Gonzalo Suárez -el más literato de nuestros directores, en su hermosa e inteligente última película se hacen guiños a Mark Twain, Leopoldo Alas Clarín, Schnitzler y Stephan Zweig, entre otros- y la verán acompañada de una de las últimas seductoras llegadas a nuestro cine. Se llama Bárbara Goneaga, que ya tiene un recorrido en cine, teatro y series, pero que en la película de Suárez es capaz de enamorar a un seductor interpretado por Carmelo Gómez. Pero que también podría seducir a cualquier paisano, militar, cura, soltero o casado que se enfrente con su mirada.
Al cine español le faltan espectadores, ideas, guionistas, dinero y crédito. Le sobran muchas cosas, la lista es larga, no tengo espacio, ni tiempo. Pero el resto, todo lo demás, eso está bastante bien. Manifiestamente mejorable. Por ley. Y al margen de la ley.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2007