HABLAR BIEN de alguien en España tiene su precio. Cuando digo hablar bien no me refiero al pelotilleo, ese deporte nacional que practicamos de vez en cuando en las columnas siguiendo el entrañable lema de hoy por ti, mañana por mí, sino a enumerar honestamente los méritos de otro. Mientras dar la pelota se comprende, porque dar jabón siempre esconde un objetivo retorcido, hablar bien está muy mal visto. A las personas que hablan bien de alguien se las tiene por cortas; en cambio, a los maledicentes se les otorga un plus de inteligencia, y ya no digamos a los hijoputas; cuando un columnista practica su oficio con hijoputismo se dice de él: "Es un hijoputa el tío, pero qué bien escribe". Que es como decir: es un machote. O sea, que tiene un par. Aún andamos en esa prehistoria en que se considera que el hijoputa tiene un par y el buenazo es monohuevo. Cabría deducir que la bondad es falta de testosterona, pero sería incierto, porque el hijoputismo no es sólo cosa de hombres; en esto las mujeres han alcanzado la paridad, y para trepar pueden llegar a ser las reinas de la cicatería. Se suele decir: "Es una cabrona, pero qué bien escribe". O sea, que tiene un par. De ovarios, si actualizamos el término. Resumiendo: la maldad sería como una demostración hormonal para marcar territorio, y la bondad, una cosa blandengue de seres inferiores que tienden a ser pisoteados por la manada. La tesis parece fácil, y aquí, ya digo, en España (creo que ahora está de moda esta palabra), nos viene de perlas para justificar la malevolencia, pero la triste realidad es que los científicos andan en la tarea de destruir los tópicos que surgieron de un siglo XX sangriento y constatan que en la evolución y la supervivencia han intervenido poderosamente la capacidad de colaboración y de protección de unos seres hacia otros. Es duro admitir que tal vez seamos seres poco evolucionados. No deja de sorprenderme que algunas veces me feliciten por un comentario en el que supuestamente hacía gala de una maldad sin complejos ("pero qué cabrita eres", es el halago) y, sin embargo, otras me hayan reñido por ser generosa ("¿es que le debías algo a esa persona?"). La semana pasada hablé bien de un escritor muerto al que ya no había necesidad de hacer la pelota, o sea, que practiqué la generosidad de los tontos y me cayeron varias broncas. Hay muertos indiscutibles, pero éste era un muerto discutible, así que, en este caso concreto, yo entendía a los que me echaban la bronca y a los que estaban de acuerdo con el homenaje, entre otras cosas porque yo pensaba del finado lo bueno, pero también lo malo. Las relaciones humanas son extraordinariamente raras, hay personas de las que no soportarías un comentario crítico y otras de las que aguantas lo que te echen. Es mi caso con Rodríguez Rivero (por su cultural columna / famoso en el mundo entero). Cuando me echa la bronca aguanto el chorreo con una sumisión que a los míos asombra. Me discutió mi homólogo Rodríguez el derroche de elogios al discutible fallecido y me dijo que puestos a elogiar le podía haber dedicado una emotiva columna a ese pedazo de mujer que fue Emma Penella. También es verdad. Es cierto que en ocasiones priorizamos a los de nuestro oficio cuando un cómico ha podido trabajar más por la felicidad colectiva que un intelectual. De hecho, la muerte de Marcello Mastroianni o la de Vittorio Gassman me dolieron tanto como la de cualquier literato admirado. La muerte de un intelectual provoca reflexiones interesantes, pero la muerte de los grandes cómicos llena el corazón de congoja. Enma Penella, sí. La grande. Tenía la corpulencia de una de esas heroínas populares que le quitaron el sueño a Galdós en su vida real y que el escritor hizo cristalizar en el arrebatado personaje de Fortunata. La Penella, que es de las artistas que se merecen que se las nombre con el artículo, pasó por ser la quintaesencia de la española aunque su envergadura correspondía al de las actrices italianas. Al lado de otras actrices de físico más moderado, la Penella era una jaca. Pedazo de esqueleto. De esos que me provocan envidia ósea. Tenía un cuerpo de los que aguantan los kilos con dignidad y gallardía. Siempre fue guapa. Joven y vieja, flaca y gorda. No todos los actores de su generación han tenido la oportunidad de reciclarse y trabajar hasta última hora; ella disfrutó del hecho de vivir el tercer acto de su vida activamente y parecía muy contenta con la admiración que provocaba en la gente joven por sus personajes en series de televisión. Hay quien siente algo de melancolía porque esa juventud no conozca su prodigioso trabajo cinematográfico. Para eso, por cierto, debería servir la televisión pública, para hacer homenajes no melodramáticos, sino interesantes, a quien se acaba de ir y merece ser vista en toda la extensión de su carrera. Aunque pena es lo último que despierta la Penella; conociendo a algunos viejos cómicos como conozco (nunca se dice cómicos viejos) puedo imaginar lo que disfrutó con la oportunidad de ir a trabajar y de ser querida por un público nuevo que no la admiraba por ser una histórica, sino por ser esa cachonda del Aquí no hay quien viva. Al cómico le encanta que el público le rejuvenezca. Es a esos jóvenes espectadores a los que hay que despertarles la curiosidad, aprovechar el repentino amor por un personaje televisivo para mostrarles algo del pasado. ¿Tan difícil es para los padres hacer un poco de pedagogía cinematográfica? ¿Tan difícil sería hacerla en los colegios? La Penella murió con las botas puestas, que en su caso era morir con el célebre rabillo del ojo pintado. Se lo dibujó Loles León. Veámosla de nuevo. No la dejemos descansar en paz.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2007