COMPARAR LA COYUNTURA actual con la de 1992, como algunos están haciendo, es artificioso. Aquel año nos fuimos de vacaciones con la economía todavía en crecimiento, después de celebrar los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla con éxito notable (y, como consecuencia, con una especie de optimismo colectivo), y apenas nos habíamos quitado la arena de la playa estábamos inmersos en una recesión cuyo epicentro era EE UU. Pero aquella coyuntura tenía unos desequilibrios que la hacían mucho más frágil que la actual.
Ahora llegan los César Vidal y los Pío Moa de la historia económica, con dos argumentos sucesivos: el adanismo y el catastrofismo. El adanismo: los socialistas no han hecho nada más que heredar la buena situación económica de las dos legislaturas de la derecha. Ya es un valor político no estropear las cosas buenas que otros dejaron, pero aquello no es cierto. La actual fase alcista de la economía española se inició en 1994, cuando gobernaba Felipe González y era ministro de Economía un tal Pedro Solbes. De Solbes a Solbes pasando por Rato. En 1994, la economía española ya había vuelto a crecer (2,1%), y en 1995, último año completo de gobernación socialista, lo hizo casi un 3%.
Hay dos variantes entre los revisionistas económicos: los adanistas (lo bueno empezó con nosotros) y los catastrofistas (esto se derrumba). A la economía han llegado con retraso los émulos de Pío Moa y César Vidal
Segunda revisión de la historia: el catastrofismo. La economía española de hoy está a punto de la recesión. Sólo desde el dolo o la ignorancia se puede dar por acabada la actual fase del ciclo alcista. Confunden sus deseos con la realidad por motivos electorales. A no ser que estos revisionistas del pasado sean al tiempo visionarios del porvenir y sepan algo de la crisis financiera internacional que desconocen los demás.
Es cierto que han aumentado los indicadores adelantados y los datos de coyuntura que indican una desaceleración de la economía (algo ya contemplado en todos los cuadros macroeconómicos nacionales y multilaterales previos, y que afecta a muchos países), y que hay desequilibrios y burbujas difíciles de sostener; pero en casi todos los terrenos la coyuntura es mejor que la del año 2004, cuando el PP dejó de gobernar; en aquel momento, los datos de paro eran peores que los del mes de agosto que acaban de salir (en 2003 no hubo un solo mes en que el desempleo bajara) y las tasas de crecimiento del PIB de la actual legislatura superan ampliamente las de la última etapa de Aznar. Por no hablar de la situación de las cuentas públicas, en superávit y sin la obsesión del dogma del déficit cero, que tanto daño hizo en su momento a las inversiones en investigación y desarrollo.
Superar ese catastrofismo no se puede hacer inclinándose hacia el punto de vista opuesto, tan familiar en los análisis y declaraciones de algunos de nuestros gobernantes: que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Cuando Solbes declara en la cadena SER que la economía española tiene más incertidumbres que hace dos meses y que se atraviesa una fase de "incertidumbre e indefinición" no está siendo lo políticamente correcto que suelen ser los responsables de la economía de un país, ya que reconocía problemas en sus justos términos. Pero es ir demasiado lejos deducir de ello que el vicepresidente ha declarado el fin del ciclo alcista de la economía.
Un buen político es aquel que se adelanta no sólo a lo que van a reflejar los sondeos y las estadísticas, sino el que detecta con prontitud los ruidos, muchas veces intangibles, que emergen de la sociedad civil y que un poco más tarde generan las expectativas (buenas o malas) ciudadanas. La sociedad española es hoy más rica, pero también es muy desigual; el consumo está descendiendo por la moderación salarial, el alto endeudamiento y el incremento de los tipos de interés; entre los parados, los empleados a tiempo parcial y las personas con contratos temporales se está contemplando a poco menos de la mitad de la población activa; muchos jóvenes no pueden emanciparse ni tener vivienda; hay inmigrantes con difícil supervivencia, etcétera.
No se pueden ignorar esos ruidos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2007