Arquitectura y delirio
Increíble pero cierto. Ya saben que, después de mucho discutir y sopesar posibilidades, después de largos debates cargados de emoción, los norteamericanos han decidido sustituir las Torres Gemelas de Nueva York (es decir, el sangriento y traumático fantasma de su ausencia) por? ¡otro rascacielos gigantesco! Espectacular demostración de lo mucho que tira el mercado inmobiliario.
No ha habido manera de que ese solar en mitad de la zona más cara de la City se dejara para un parque conmemorativo, para una plaza pública, para un monumento o para nada que no fueran metros y metros de construcción vertical a los que poder sacarles su juguillo económico.
Me encanta la arquitectura y considero que es uno de los principales y más permanentes lenguajes de la Humanidad. Ningún movimiento arquitectónico es casual: todo responde a una intención común, a un movimiento social, a la expresión del subconsciente colectivo de una clase, de una voluntad ideológica o de una época. Los edificios nos hablan con palabras de piedra, pero no por ello son menos elocuentes. De hecho, algunos resultan ensordecedores de lo mucho que dicen. Todos los tiranos han intentado construir arquitecturas delirantemente megalómanas. Recordemos al famoso Speer, el arquitecto de Hitler, que proyectó una enorme cúpula para Berlín, inspirada en la de San Pedro en Roma pero dieciséis veces más grande (200 metros de alto y 250 metros de diámetro); que quería levantar en Nuremberg un Estadio Alemán para 400.000 espectadores, y que soñaba con estatuas de 60 metros de altura para rematar sus construcciones. Nada de esto llegó a hacerse realidad. Menos conocidos, pero igual de aberrantes, eran los diseños proyectados por los arquitectos soviéticos bajo Stalin. El fascinante libro Autobiografía de Moscú, de Tatiana Pigariova (Laertes), cuenta todo ese delirio de edificios gigantescos, hoces y martillos de tamaño titánico y bustos de Stalin de proporciones inimaginables. Proyectos imposibles que tampoco llegaron a construirse. No obstante, los edificios del Moscú soviético (como los hoteles de 3.500 habitaciones) ya son bastante enormes y bastante horribles de por sí. Lo mismo que los pocos inmuebles nazis que quedan en pie. O que la "máquina de escribir" de Mussolini (el horrible pastiche lleno de estatuas y columnas de la plaza Venecia en Roma), o que el Valle de los Caídos del franquismo. Todos ellos son edificios diseñados para que el espectador se sienta aplastado por su grandeza.
Los rascacielos occidentales también son enormes. Sin embargo, sus usos suelen ser públicos y comerciales: oficinas, viviendas. Creo que, más que aplastar al espectador, el rascacielos busca su admiración y el regocijo egocéntrico de lo estupendos que somos. Mira qué grande, qué moderna, qué tecnológica, qué competitiva es nuestra sociedad, mira cuánto poder tenemos. La verdad es que hay rascacielos de diseño bellísimo, pero cada día me parecen más absurdos. Su lenguaje arquitectónico tiene algo de farfulla adolescente, el obvio empeño fálico de medirse con los demás y ver quién mea más lejos. La dura realidad lleva años demostrando que estos enormes rascacielos no son ni seguros ni útiles. Los incendios los aman, los bomberos los odian, son perfectos objetivos para las bombas en época de guerra y los terroristas, en fin, parecen tener debilidad por ellos, precisamente porque son edificios débiles. Y, sin embargo, contra toda sensatez y toda cautela, seguimos haciendo torres y más torres.
La que se va a levantar en el solar del 11-S es probablemente una de las construcciones más delirantes que jamás han existido. Se llama, ya lo saben, Torre de la Libertad (Freedom Tower) y es un proyecto de Daniel Libeskind. En total tendrá 417 metros de altura, sin contar la antena, y 108 pisos. Pero lo espeluznante es que en los primeros 57 metros del edificio, es decir, hasta una altura equivalente a veinte pisos, habrá un zócalo de cemento armado a prueba de coches bomba. No existirá ni una ventana en toda esa enormidad acorazada, y ese tétrico búnker permanecerá deshabitado, a excepción del vestíbulo de entrada. Les recuerdo que la Torre de Madrid, que durante diez años, hasta 1967, fue el edificio más alto de Europa, tiene 37 pisos. Y ahora imaginen que más de la mitad de la Torre de Madrid es un bloque de cemento opresivo y muerto, el más terrible y elocuente monumento al absurdo de nuestra vida y a nuestro miedo.