Las empresas que aspiren a ser virtuosas y presumir de estar entre la élite de la tecnología tienen espacios donde ubicarse. Los parques tecnológicos. Estas entidades tienen pedigrí. No admiten a cualquiera. Surgieron con la llegada de la democracia a impulso de las comunidades autónomas que pugnaban por crear espacios de excelencia empresarial y acoger a emprendedores innovadores, vinculados al desarrollo científico de las universidades. Hoy forman una red de 25 espacios empresariales repartidos por toda España y otros 54 están pendientes de ascender a primera división, para lo que tendrán que superar severas pruebas. En apenas 30 años han acogido la creación de más de 2.600 nuevas empresas tecnológicas con casi 80.000 empleos cualificados de los que 12.000 se dedican a tareas de investigación.
"España es el país más activo del mundo en el desarrollo de parques tecnológicos, pero se mantiene alejada de los que más invierten en innovación"
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Como sucede con muchos descubrimientos innovadores, los parques tecnológicos surgieron al abrigo de los contratos que el Ejército norteamericano firmó con las universidades más punteras del país. "Eran los años cincuenta, en plena guerra fría, cuando los militares necesitaban artilugios sofisticados", recuerda Felipe Romera, impulsor del Parque Tecnológico de Málaga y presidente de la asociación mundial que agrupa a estas entidades.
Centros universitarios de primer nivel, como Stanford o el Instituto Tecnológico de Massachusetts, crearon los primeros parques industriales junto a sus campus para aplicar el conocimiento de sus científicos al desarrollo de productos de alto valor añadido que les encargaba el Ejército y que luego tuvieron salida a los mercados. Fue un éxito fulminante. Sylicom Valley es su paradigma.
En dos décadas generaron 200.000 empleos. El modelo se extendió por el mundo como un reguero en la década de los ochenta. El Reino Unido, Australia, Alemania y Francia fueron los primeros en copiarlo.
La fiebre llegó a España un poco más tarde, cuando las comunidades autónomas estrenaban competencias. Los primeros en acudir al notario fueron los vascos para fundar en 1985 el Parque Tecnológico de Bizkaia en Zamudio, cerca de Bilbao. Le siguieron Madrid, Cataluña. Comunidad Valenciana, Castilla y León y Andalucía.
El más activo del mundo
Hoy son 25 los socios que integran la Asociación de Parques Científicos y Tecnológicos de España (APTE) presidida por Felipe Romera. Otros 54 "afiliados" hacen méritos para ascender a la primera división, donde se juega la liga de campeones.
El motor de estos parques han sido las propias comunidades autónomas y las universidades cercanas que les apoyan. Porque un parque tecnológico sin una universidad, sin científicos en ejercicio que apliquen su conocimiento, no puede llevar ese nombre.
"Desde la perspectiva universitaria, un parque tecnológico (PT) es un espacio de excelencia donde se facilita la transferencia del conocimiento y la investigación a las empresas y al mercado", afirma Francisco Marcellán, secretario general de Política Científica. Como ex vicerrector de la Universidad Carlos III, que tiene su proyección empresarial en el PT de Leganés, especializado en Tecnologías de Información y Comunicaciones, Marcellán diferencia a los PT por las áreas científicas en las que están especializadas las universidades con las que se relacionan.
Encarnan la proyección del mundo científico sobre el sector empresarial, dos mundos tradicionalmente muy distanciados que han agigantado en España la falta de competitividad de sus empresas.
Esa lejanía se ha intentado corregir no siempre con éxito. El despegue inicial de los parques se truncó con la crisis tecnológica de los noventa y el descalabro de las puntocom. Las espléndidas instalaciones, sus infraestructuras, su distinguido entorno, al estilo de los campus norteamericanos, perdieron vitalidad hasta la irrupción de internet y la aprobación en diciembre de 2000 por Anna Birulés del llamado Parquetazo. La orden de la ministra de Ciencia y Tecnología destinaba inesperadamente 300 millones de euros en ayudas a los parques, pero dio sólo siete días de plazo para presentar la documentación. Desafortunadamente, esa inyección económica no tuvo continuidad.
En 2005 fue el Ministerio de Educación y Ciencia quien recibió el testigo de gestionar las ayudas económicas al desarrollo de proyectos empresariales con un fuerte contenido innovador. Gracias a este impulso y al crecimiento de la economía, "España es el país más activo del mundo en el desarrollo de los parques", asegura Romera, que conoce bien el escenario global por su hilo directo con el resto de parques dispersos por el mundo.
A pesar de este liderazgo, España se mantiene todavía muy alejada de los países que más recursos dedican a la investigación y el desarrollo, un elemento diferenciador de las economías competitivas en el globalizado mundo de hoy. Mientras el Banco Mundial sitúa a España en el noveno puesto mundial por el volumen de producto interior bruto generado en 2006 (más de 1,22 billones de euros), queda rezagada al decimoctavo lugar en porcentaje del PIB que destina a I+D y baja aún más puestos si se comparan el peso de los productos de alta tecnología de sus exportaciones.
Para reducir esa brecha, el Gobierno puso en marcha desde la oficina económica de La Moncloa el programa Ingenio 2010 con el objetivo de aumentar la financiación pública de I+D+i en un 25% anual, destinar el 2% del PIB en I+D y elevar al 55% la contribución empresarial a ese fin en el horizonte del año 2010. Ahora no llega al 49%, cuando la media de los países más avanzados supera el 60%.
En ese marco, el Ministerio de Educación y Ciencia ha asignado ya el reparto de los créditos, reembolsables a cinco años e interés cero, que concede a los parques científicos y tecnológicos correspondientes a la convocatoria de 2007. Son más de 411 millones de euros concedidos a 309 proyectos, avalados por los parques tecnológicos y científicos de 13 comunidades autónomas, las que disponen de estos emplazamientos (ver cuadro).
Estas ayudas se complementan desde el Ministerio de Industria, la otra pata en la que se apoyan los parques, con varias líneas de crédito gestionadas por los propios parques que van desde las subvenciones directas a la creación de empresas y la formación de sus directivos.
Endogamia
El secretario general de Política Científica, Francisco Marcellán, cree que la corresponsabilidad de los parques tecnológicos para alcanzar los objetivos es fundamental. En los próximos meses el ministerio celebrará conjuntamente con APTE una jornada para analizar el impacto de esta financiación en la transferencia del conocimiento al mundo empresarial. Marcellán insiste en que hay que acabar con el célebre paradigma europeo, según el cual, "generamos mucho conocimiento pero somos incapaces de transferirlo".
El papel de puente entre las universidades y la industria no termina de asimilarse en ninguno de los dos ámbitos. El secretario general de Industria, Joan Trullén, lo achaca al "escaso conocimiento y valoración por parte de las empresas de los servicios que prestan las oficinas de transferencia de tecnología" y a que la investigación que desarrollan las universidades y organismos científicos "no está suficientemente orientada hacia las necesidades tecnológicas y de mercado de las empresas". Trullén destacaba en una conferencia en el campus de Toledo el "enorme potencial por explotar de los centros tecnológicos como catalizadores de la innovación" y su "escaso tamaño y repercusión". Y en referencia a los parques tecnológicos subrayaba su "favorable evolución", pero alertaba del "desajuste que existe entre su oferta tecnológica y las necesidades empresariales".
Felipe Romera, el presidente de APTE, suscribe esa impresión al reconocer que "somos bastante endogámicos. Los directores nos intercambiamos experiencias pero deberíamos ser más abiertos".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2007