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COLUMNA

Galicia en Madrid

La España de la democracia recuperada tras la Guerra Civil y la dictadura de Franco descentralizó la gestión de numerosos servicios públicos, hasta conformar poderes territoriales desconocidos en la historia del país. Es la España de las autonomías, que para unos equivale poco menos que a la destrucción de las esencias patrias, y que para otros -por ejemplo, los nacionalistas gallegos- es un mero descafeinado. Sea como sea, lo que sí resulta inimaginable es cómo sería Madrid si a todo lo que ha ido incorporando en los últimos años sumase el aparato burocrático propio de un Estado centralizado, ahora diluido por las comunidades autónomas. Seguramente estallaría.

Porque Madrid, lejos de perder poder con el Estado de las autonomías, lo ha ganado, hasta convertirse en una de las metrópolis más desarrolladas del planeta. Las multinacionales y las grandes corporaciones españolas están prácticamente todas allí. Las empresas ligadas al influyente sector de la comunicación, igual. La banca, infinidad de servicios... Más bien, casi podríamos preguntarnos qué es lo que no está en Madrid, si exceptuamos La Caixa en Barcelona o Inditex en A Coruña.

Todo ello no sólo ha dado pie a que cada día haya más gente viviendo en la capital -todo lo contrario, por cierto, de lo que pasa en la capital gallega-, sino a que cada vez es más necesario ir a Madrid, que se convierte de este modo en la gran sala de estar de todos los españoles y, a otro nivel, de muchos europeos y latinoamericanos.

Los propios nacionalistas periféricos han terminado por entender y asumir esta sorprendente lógica de un Estado descentralizado, casi federal. Y por eso mismo, CiU, PNV, incluso ERC, buscan salir en la foto... desde Madrid. Saben que su efecto multiplicador eclipsa por completo cualquier actuación proyectada desde Barcelona, Bilbao o San Sebastián.

¿Y qué pasa con Galicia y Madrid? Es verdad que en Madrid hay muchos restaurantes gallegos -algunos de gran calidad-, que no faltan taxis donde se habla gallego y que empresas y entidades punteras como San José, Zeltia o Caixa Galicia tienen allí parte de sus servicios centrales. Menos visible está resultando en cambio el poder político gallego, a pesar del importante despliegue de actividades, en su mayoría culturales, que promueve el periodista Alfonso Sobrado Palomares en la Casa de Galicia. Pero el problema no está en lo que hace Palomares, que realiza por cierto un gran trabajo, sino en lo que no hacen otros.

Para bien o para mal, la marcha de Manuel Fraga le ha restado proyección a Galicia en Madrid. Don Manuel siempre era noticia, pisara o no pisara la capital, y no sólo por su papel en los avatares de la compleja política gallega, sino porque él siempre daba titulares, ya fuese a cuenta de las feministas, de los gays o del régimen cubano. Algunos dirán que casi mejor que sea así, que más vale este silencio que aquel ruido, pero tampoco es eso, no es eso...

El presidente Emilio Pérez Touriño y su vicepresidente Anxo Quintana tienen una asignatura pendiente en Madrid. Y si no reaccionan a tiempo, corren el riesgo de ser como los dirigentes de Murcia o de La Rioja. Su presencia física es escasa y, lo que es peor, su discurso no supera la frontera del lacón con grelos. Tampoco se trata de que ambos dirigentes se vuelvan ahora unos Carod-Rovira, pero entre el modelo de ERC y el de CiU con Pujol siempre cabe una fórmula intermedia. Lo que no tiene mucho sentido es que, por ejemplo, venga el presidente de Portugal a España, ofrezca una recepción en El Pardo y apenas haya representación gallega, a pesar de las privilegiadas relaciones de Galicia con el país vecino, especialmente con su zona norte, que es el motor económico luso. Por el contrario, los nacionalistas catalanes y vascos están en todas las salsas que se cocinan en Madrid, ya sea una cena de los Reyes en el Palacio Real, un almuerzo en la Asociación de Periodistas Europeos o un viaje del príncipe Felipe a México. Claro que tampoco pueden resolverlo todo Touriño y Quintana.

Si los catalanes y vascos tienen lo que tienen en Madrid, y en España, también es porque sus votantes eligen lo que eligen en las urnas... jlgomez@gyj.es

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de octubre de 2007