Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

Palizas por puro placer

Varios menores detenidos en los últimos días por agredir a otros - Los expertos alertan de un aumento de la violencia entre los jóvenes

Javier fue víctima de una agresión brutal el año pasado. Sin mediar palabra, un grupo de chavales de su misma edad se le echó encima y le pateó hasta aburrirse. Javier, que ahora tiene 17 años, era un adolescente de poco cuerpo y la paliza agigantó sus complejos. Pero también le cargó de rencor. Tras recuperarse de las heridas, se apuntó a un gimnasio, se machacó durante meses y, cuando se sintió preparado, pasó al ataque. De víctima a verdugo.

Así se convirtió en matón uno de los detenidos esta semana en Sevilla por apalear a un menor la madrugada del 13 de octubre en las inmediaciones de la Plaza de España. Javier es su nombre ficticio, pero el resto de su historia, según explica una fuente policial, es real. Como él, otros seis jóvenes, la mayoría menores de edad y de su mismo grupo de amigos, han sido detenidos en los últimos días por dos agresiones en la capital. Todos pertenecen a familias acomodadas, varias de ellas muy conocidas por su relación con el mundo del toro, la judicatura y la cultura.

La historia de estos adolescentes ha saltado a los medios de comunicación, pero, según los expertos consultados, no son insólitas. En Sevilla y en el resto de la comunidad hay otras muchas similares que se quedan en la sombra. Palizas protagonizadas por jóvenes sin ninguna carencia económica ni, aparentemente, social, pero que han encontrado en la violencia el juego más divertido.

María Luisa Cercas, la directora general de Reforma Juvenil de la Consejería de Justicia y Administración Pública, habla de un cambio "fundamental" en la última década: "Los chicos que entran en los circuitos de menores infractores entran porque no controlan su agresividad. Eso ocurre en clases bajas, medias y altas. Pero es cierto que se está dando la vuelta a la tortilla y ahora hay muchos más de las clases altas, que a veces son casi peores: están acostumbrados a pedir y que se les de, por lo que no tienen interiorizado un comportamiento que controle sus impulsos, ni normas cívicas". "La satisfacción la encuentran en la mera agresión, en la pelea. Quieren ser héroes en sus pandillas, que les consideren líderes ", advierte Cercas.

Para Isabel Ruiz, directora del centro de menores San Francisco de Asís, en Torremolinos (Málaga), el cambio del perfil del delincuente juvenil en los últimos 10 o 15 años ha sido "espectacular".

Los padres, entre el rechazo, la culpabilidad y la vergüenza

Jueces, fiscales, policías y directores de centros de menores cuentan que los padres de los jóvenes delincuentes caen a menudo en un círculo del que no consiguen salir. Notan que el hijo se está pasando, que pide demasiado, pero se sienten culpables por no haberle dedicado tiempo y acaban protegiéndole haga lo que haga. Esta circunstancia, según los expertos, se agrava en las familias de alto nivel económico y social.

"Pasa muchas veces que los padres no ven el problema, les cuesta reconocerlo", cuenta Carmen Orland, la juez de Menores de Huelva. "Si tienen un alto concepto de sí mismos, no admiten que tienen un fallo y es difícil que ayuden". Los chavales, en muchas ocasiones, alimentan la confusión. En casa son hijos educados, dulces, correctos. Pero al salir a la calle, dan rienda suelta a su rebeldía de la peor manera.

Algunos jóvenes, según María Luisa Cercas, la directora general de Reforma Juvenil, usan las peleas para llamar la atención de sus padres. "Aunque la policía les tenga que ir a buscar a su casa cuatro veces". "Los padres no tienen tiempo y atienden de forma inmediata lo que les pide el niño. Y los hijos no están acostumbrados a que se les niegue nada".

El punto de inflexión para muchos de estos padres llega cuando el juez decreta el internamiento de su hijo en un centro de menores. La primera reacción de los progenitores suele ser rechazar la situación, negarle la razón al juez. Después, la vergüenza. "Estos centros siempre se han relacionado con las clases sociales más bajas y no entienden que su hijo tenga que estar ahí. Les da vergüenza tener un hijo así, explicárselo a sus conocidos", señala la directora general.

Isabel Ruiz, la directora del centro San Francisco de Asís, en Torremolinos (Málaga), está acostumbrada a esa reacción de los padres. Pero la experiencia le ha enseñado que ésta también se reeduca. "Hay familias que se sienten avergonzadas cuando su hijo llega al centro, pero el 100% nos lo agradece luego. Hacemos ese trabajo que a ellos se les ha escapado y acaban por aceptarlo". Cuando lo admiten, señalan los expertos, son los primeros en ayudar al cambio de actitud del joven. Según las estadísticas de la Consejería de Justicia, el 70% de los chavales ingresados en centros no vuelven a delinquir.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2007

Más información