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CARTAS AL DIRECTOR

Bio-hambre

Con la subida del pan, la leche y de todo aquello que tenga como base los productos del campo, se ha puesto de manifiesto que la pretensión de suplir los carburantes fósiles por biocombustibles conlleva encarecer los alimentos y, además, aumenta el hambre de quienes por millones mueren en un mundo con recursos de sobra para remediarla. Es bueno pararnos a pensar en la mentalidad de los técnicos y organizaciones que, queriendo -dicen ellos- salvar el planeta, han propuesto que se dediquen a energía los alimentos destinados en principio al consumo humano, y que los cereales, el aceite de palma o la caña de azúcar se transformen en biodiésel.

Sus premisas parecen ser las siguientes. Primero, no hay por qué reducir el consumo de energía de los países enriquecidos, y eso que bastaría con bajar unos grados su calefacción para ahorrar millones de toneladas de petróleo o gas. Segundo, para ellos siguen sobrando pobres, y aunque reconocen que hay excedentes de alimentos como para mover con ellos millones de coches, siguen con el cuento de que hay hambre porque somos muchos. Es la política de eliminar comensales y no repartir con justicia los bienes. En fin, que está cada vez más claro que el hambre de millones de hermanos es provocado porque es un negocio, lo que nos sigue pidiendo un compromiso de solidaridad que pasa por combatir políticamente estos mecanismos que lo causan y los discursos ideológicos que los justifican.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de diciembre de 2007