El arquitecto e ingeniero Félix Cardellach (Barcelona, 1875-1919) tuvo la mala fortuna de fallecer prematuramente, con lo que sus reflexiones acerca de las relaciones entre el arte y la industria en España llegaron en un momento en que los vientos cambiaban en la arquitectura europea. Cardellach reivindicaba, como se aprecia en su obra Las formas artísticas en la arquitectura técnica, la intención de proporcionar "las leyes de composición estética de las obras ingenieriles". Partía de unos referentes más vinculados con el siglo XIX que con la arquitectura del movimiento moderno, que comenzaba a imponerse cuando publica la primera edición de la obra en 1917.
El libro resulta prácticamente inencontrable en la actualidad, a pesar de la demanda que tiene entre los investigadores. Noventa años después de su publicación, el Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Vizcaya lo ha reeditado en una edición facsímil, con una introducción a cargo de Julián Sobrino, profesor de la Escuela de Arquitectura de Sevilla.
"Cardellach crece en una Barcelona marcada por la Revolución Industrial y la Renaixenca cultural catalana. En ese ámbito se deben incorporar sus preocupaciones ante la ausencia de belleza ornamental de la arquitectura industrial", señala Sobrino en su texto.
El don de la belleza
Resulta significativa la frase que eligió el autor para encabezar su trabajo: "La belleza posee el supremo don de elevar el espíritu del hombre; por esto la debe cultivar en todos los terrenos". Para ello, y para que el tejido industrial catalán presentase una calidad estética aceptable, elaboró este tratado, en el que a partir de una primera introducción teórica sobre la estética técnica, ofrece un completo repaso a la historia de la construcción industrial, el tratamiento de los diferentes materiales o la composición.
La obra de Cardellach se comienza a reivindicar en los setenta, cuando surgen los estudios de arqueología industrial y la preocupación por este patrimonio, que tiene en Euskadi ejemplos notables como la Alhóndiga bilbaína, la Azucarera de Vitoria o la Tabacalera de San Sebastián. Los tres edificios han encontrado un nuevo uso: la Alhóndiga albergará un centro de ocio y cultura; el vitoriano acoge un vivero de empresas de I+D y Tabacalera será el principal centro cultural donostiarra.
Sobrino reivindica el respeto a esos edificios desde un nuevo uso. "La fábrica es una estructura en transformación. La idea de monumento cerrado no tiene razón de ser".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de diciembre de 2007