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LLAMADA EN ESPERA

Sedúceme

Algunas veces, el lector de la deslumbrante Biblioteca Pública de Nueva York, la única pública de verdad pues para acceder a sus fondos no se piden cartas ni carnés y sólo hace falta desear un libro, se quedaba sorprendido frente a la mirada inquisitiva tras la ventanilla: el material solicitado, de préstamo especial, exigía cierto trámite. Era un aval modesto, llegar hasta una oficina y facilitar los datos del ciudadano respetable que certificara la honorabilidad del investigador. Las instrucciones parecían sin embargo precisas: todo material con ese código sería consultado bajo la supervisión de un funcionario. Aunque no se trataba de un manuscrito raro ni precioso de los muchos que allí se custodian. Era un documento desplazado, de aquellos que una antigua evaluación había definido "ofensivos para la moral".

Hay en la biblioteca neoyorquina algunos libros clasificados bajo ese epígrafe que son perfectamente inocentes. O los había al menos. El investigador iba revisando su microfilme, observado a veces por el empleado aburrido, y detenía de repente la marcha del texto frente a un dato útil para su trabajo. Echaba luego una moneda en espera de la impresión de la página. Era un acto mecánico: porque nada ocurría todo pasaba. Con estructura, física incluso, de peep show -echar una moneda para que el remedo de placer no se detenga aún, justo ahí-, la complicidad descabellada que se establecía entre los implicados guardaba cierto regusto a transgresión, nunca percibida -desde luego que no- en el resultado final del proceso: una vulgar fotocopia impresa en papel satinado que el tiempo terminaba por borrar.

Y las ha borrado. Ha borrado las fotocopias de hace veinte años, pero persiste en la memoria el ruido de las monedas al caer en la sala majestuosa. Persiste la tensión dulce de ese instante suspendido en el cual se contenían las posibilidades infinitas al completo y surgía la esencia prohibida de la maniobra que, en una pirueta del destino, compartían sorprendidos el investigador y el funcionario, abocados por las viejas divisiones moralistas a saborear la apariencia volátil de lo que podría haber sido.

En el instante que se suspende y sueña con durar lo eterno se basa el deseo, aquello que todos conocemos y que ninguno sabemos nombrar -o no del todo-. Ese deseo anda escurriéndose a cada paso porque apela a las ausencias y es imposible de rellenar; es el hueco, la fractura lingüística que codificó Lacan en su artículo de 1958 La significación del falo, texto manoseado por la teoría artística de los últimos años y que iniciaría en los escritos del psicoanalista francés una auténtica obsesión de perífrasis y circunloquios que le perseguiría hasta sus últimas páginas, sin tregua, sin aliento.

Cincuenta años más tarde, ese deseo sigue produciendo un vértigo ancestral. Y se sigue rodeando -aproximarlo quema- como en Seduced, la exposición del Barbican Center de Londres hace días clausurada. Seducidos. Arte y sexo desde la antigüedad hasta el presente proponía la búsqueda, apremiante e inútil, a través de obras curiosas, exquisitas o interesantes, sin cesar sometidas a las leyes de lo invisible, tal vez porque lo que queda fuera es sin remedio lo que importa.

Se hace patente en la famosa Blowjob de Warhol -también expuesta en el Barbican- que, frente a las posteriores películas de la Factory tan explícitas, de carne amontonada, basura dispersa, chulazas y buscones, con sabor casi a experimento pornográfico, refleja en las señales débiles del rostro lo que debe estar ocurriendo fuera de cámara, sin que nada en la imagen desvele lo brutal del título. Porque debe estar ocurriendo algo fuera de encuadre. Siempre pasa algo en ese lugar que se abisma y dura apenas un instante suspendido. -

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2008