Corren tiempos favorables al discurso sobre la memoria. Los pasados dolorosos de los pueblos esclavizados, colonizados o conquistados, hasta ahora sabiamente atemperados por el olvido, son evocados sin vergüenza por sus descendientes. Ese ascenso de la memoria tiene mucho que ver con el impacto de la mayor catástrofe del siglo XX, el Holocausto judío. Lo que el historiador Peter Novick, de origen judío, se pregunta es cómo y por qué ha brotado este afán rememorador.
Sitúa su minuciosa investigación en Estados Unidos porque ha sido ahí, y no en Europa, donde ha surgido la memoria que ahora nos invade. Cada página es una sorpresa. Aprendemos que entre 1945 y 1965, "época dorada del judaísmo en América", había una clara voluntad judía de no hablar del Holocausto. Estaba por supuesto la guerra fría y había que concentrar todas las energías en desacreditar al comunismo, pero es que, además, estaba mal visto considerarse víctima. El judío tenía que demostrar que era un ciudadano normal, de ahí el prestigio del discurso asimilacionista, reflejado en el hecho de que el 40% de los matrimonios eran mixtos. En el filme Exodus, el tipo ideal de judío no era el superviviente de los campos, bajo, moreno y psicótico, sino el nacido en Israel, encarnado por Paul Newman, alto, seguro y además de ojos azules. Por tres veces -1946, 1947 y 1948- los dirigentes judíos estadounidenses vetaron la idea de construir un monumento que recordara el Holocausto. Empeñados en la memoria estaban buena parte de los supervivientes, pero no eran ellos los que marcaban la política de la memoria.
El pasado, instrucciones de uso. Historia, memoria, política
Enzo Traverso
Traducción de A. González de Cuenca
Marcial Pons. Madrid, 2007
118 páginas. 12 euros
Judíos, ¿vergüenza o victimismo?. El holocausto en la vida americana
Peter Novick
Traducción de J. Cuéllar MenezoMarcial Pons. Madrid, 2007
400 páginas. 30 euros
La cosa cambia a mediados de los sesenta. Atrás queda el juicio a Eichmann y la percepción de un rebrote del antisemitismo. Estados Unidos deja de ser visto como una garantía de seguridad para pasar a ser una amenaza. La guerra de los Seis Días, en 1967, va a servir de catalizador para una estrategia rememorativa que descubre en el Holocausto una reserva moral de indudable valor político. Se reivindica en el preciso momento en que Israel es amenazado por los vecinos y en peligro están también los judíos de la Unión Soviética.
La década de los setenta estará marcada por la supervivencia y el reforzamiento de todos los elementos de identidad, incluida la vuelta a la religiosidad. Clave en todo ese proceso es la serie televisiva El Holocausto, despreciada por la intelligentsia -"el genocidio rebajado al nivel de Bonanza, con una música propia de Love story", decía Der Spiegel- pero que impactó a la opinión pública americana y luego a la europea.
Lo que el autor está queriendo decir es que la memoria del Holocausto en Estados Unidos no es el producto de un progreso moral sino de coyunturas políticas sobre las que el autor se manifiesta muy crítico. Resulta paradójico que en Washington tengamos un colosal museo dedicado al Holocausto, un acontecimiento europeo, y los negros no hayan conseguido otro para rememorar la esclavitud, que tuvo lugar allí mismo. A la vista de estos datos, el historiador y ensayista Enzo Traverso, bien conocido por sus excelentes trabajos sobre Auschwitz, se ve obligado a reflexionar sobre el estatus de la memoria respecto a la historia y sobre las últimas derivas de la memoria del Holocausto.
El Holocausto ha conseguido sobreponerse al peligro del olvido, pero bajo la discutible forma de una "religión civil". Con este término tanto Novick como Traverso señalan críticamente las versiones extremistas de la "singularidad" del Holocausto, así como interpretaciones sacralizadoras que convierten la memoria en una liturgia y a los testigos en depositarios de conocimientos mistéricos. En tiempos de relativismo, como diría el papa Ratzinger, el Holocausto es el lugar del mal y permite, a quienes se coloquen enfrente, considerarse del lado del bien.
Esta lectura crítica del Holocausto, consciente de la industria cultural que la mediatiza, plantea serias preguntas sobre el estatus epistémico de la memoria y sobre su valor moral, es decir, ¿la memoria produce algún tipo válido de conocimiento o es sólo el lado emocional de políticas de la memoria que se deciden en centros de poder? Traverso reconoce que la memoria, debidamente embridada, puede ser fuente valiosa del conocimiento histórico porque pone a disposición testimonios de las víctimas, por ejemplo, y con ellos una mirada "subalterna" que corrige la querencia natural de la historia a ser el relato de los vencedores. Ahora bien, el peligro del historiador es reducir la mirada de los vencidos a botín de los vencedores, es decir, a un punto de vista exótico que enriquece el cuadro general previamente diseñado. Claro que también puede ser el punto de vista, marginal y particular ciertamente, que permite una visión general diferente. Ésa es la crux del debate. Nunca será el amable punto de vista del abolicionista idéntico al del esclavo que ha sufrido la esclavitud, aunque nos tranquilice tanto el relato del blanco abolicionista (que empezó siendo negrero). Más allá de lo que la industria cultural ha hecho de la memoria del Holocausto, está la significación objetiva de las víctimas, una reserva de sentido que es el secreto de la memoria y que hasta ahora ha escapado a la historia. -
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2008