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COLUMNA

El rito y la mentira

A mediados de los años sesenta del siglo XX se produjo un vuelco mental en Occidente que supuso, entre otras cosas, una radical aversión a las formalidades y a los ritos. Una tendencia iconoclasta reformó la conciencia moderna y lo hizo hasta el punto de que defender el ceremonial, en cualquiera de sus versiones, acarreaba (paradójicamente) la imputación de cavernícola.

La destrucción de las formas abarcó todas sus expresiones: el uso del usted, la corbata, el ritual religioso, la normativa procesal, la ortografía, las fórmulas de despedida o las buenas maneras en la mesa. Además, se hizo de esta masiva demolición una lectura moral. Así, la honestidad exigió el cese del afeitado y la sinceridad se confundió con el nudismo. El uso del usted ya no se consideraba cortés, sino soberbio, y el ritualismo escolar, jurídico o litúrgico se interpretaba como una cruel barrera para la sinceridad o para la (terrible palabra de aquel tiempo) "autenticidad".

Se confundía lo solemne con lo aparatoso y lo grandioso con lo grandilocuente

La exigencia de ser más sinceros y auténticos se extendió a todos los ámbitos: el lenguaje, el vestido, la escuela o la familia. Todo experimentó un desplazamiento semántico y moral. Se confundía lo solemne con lo aparatoso y lo grandioso con lo grandilocuente. La espontaneidad era una excusa para la mala educación, y la falta de respeto por las formas acarreó al final la falta de respeto por las personas. Los regímenes totalitarios construían sus propios rituales, pero no es casual que siempre empezaran por destruir los rituales precedentes. El ritual ajeno, para el totalitario, es una provocación. Por eso necesita destruirlo y por eso le resulta irritante su mera pervivencia.

La idea de que los ritos son necesarios ha regresado a la conciencia colectiva. Lo que ocurre es que la humanidad nunca retrocede a un estadio anterior. Todo retorno es una reinvención. Toda recuperación se funda sobre un mito. En la historia, el regreso es imposible. Por eso acogerse de nuevo a los ritos exige repensarlos, lo cual comporta, a menudo, ideaciones grotescas.

Hace unos meses la televisión autonómica ofreció una malhadada maniobra funeraria: una madre sexagenaria, vestida con chándal color fucsia y playeras deportivas, se dirigió a cumplir la última voluntad de su hijo difunto: derramar sus cenizas en los muelles de un puerto pesquero. Ella abrió el recipiente, pero entonces un golpe de viento proyectó las cenizas contra el chándal color fucsia, contra las playeras deportivas. Otro ejemplo: recientemente refería la prensa el matrimonio de un célebre actor americano con una célebre modelo americana. La ilusionada pareja se había casado en una isla privada de Oceanía, según un complicado rito polinesio. Pues bien, nulo fue el efecto de la liturgia, incluso en el terreno de la sugestión psicológica: quince días después, la pareja ya se había separado.

Regresa el rito, llevado por la profunda necesidad humana de regular su conducta mediante reglas formales y ceremonias. Lo que ocurre es que la indiscriminada demolición que padecimos hace unas décadas nos obliga ahora a reinventarlo todo, a construir en el vacío. Ese es terreno abonado para toda clase de horteras ocurrencias, para ideaciones toscas, para el ejercicio de la chabacanería y el mal gusto. El siglo XX nos arrebató las referencias formales y ahora debemos improvisar. Y es que conviene recuperar uno de los axiomas fundamentales que cohesionan las sociedades humanas y que glosó de forma excelente Pablo Tusset: "Hay que guardar las apariencias: son lo único que tenemos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2008