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COLUMNA

El techo que nos cubre

Se quedó corto el Arcipreste de Hita cuando redujo a dos las imperiosas exigencias del ser humano y justificar la severa condena de vivir. La primera, la mantenencia, de acuerdo. La siguiente, el ayuntamiento con mujer placentera, pero se olvidó de otra más permanente y prolongada, la del techo y las paredes donde guarecerse y pasar lo más del tiempo. Antes de existir los gobiernos y las organizaciones no gubernamentales, los maromos y las jais de las cavernas se paseaban envueltos en pieles, de oso, de visón, de chinchilla o de lo que tuvieran más a mano, que no era precisamente de rebajas, sin el menor sentimiento de culpa y sin amotinados a pie de caverna para rociarles de reproches. Así les iba.

Madrid crece a un ritmo imposible de controlar, por detrás del flujo provinciano, siempre en aumento

En las primitivas sociedades los más espabilados se dotaban de privilegios, escogían las más suculentas tajadas y requisaban las cuevas, las cabañas o las fortalezas más suntuosas y seguras. Los demás que eran mayoría arrastraban una existencia menos confortable. El amo, el señor, se ocupaba de defenderles de sus enemigos los del señor, no los de la gente del pueblo y les permitía elementales cobijos y la suprema dicha de comer de entre el diezmo que les quedaban, tras haber entregado el fruto de las cosechas y las industrias al conde, al duque, al rey. ¡Qué quieren, las cosas funcionaban así!

La rutina en los castillos, a la larga, se convierte en un latazo insufrible, al que cabía añadir la pequeña política cortesana que puede dejarles a la intemperie. Y los nobles deciden aproximarse a la máxima autoridad, a la Corte. La fortaleza, las tierras y los siervos quedan atrás, entre las manos, generalmente codiciosas, de los administradores, que recogen la cosecha del sudor ajeno y se quedan con una jugosa tajada. Los señores se acostumbran a la vida cortesana y dejan de visitar, incluso conocer sus propiedades, incrementadas por casamientos ventajosos o donaciones más o menos justificadas.

El ejemplo, avanzado el siglo XIX cundió entre los vasallos, que también comenzaron el éxodo hacia la prometedora capital, de la provincia o del reino. Desde antes surgió la ocasión de satisfacer la tercera demanda, se construyen viviendas donde ya no habita el propietario, si no son puestas en renta, en alquiler. El asunto marchaba al pelo pues tampoco se había inventado el okupa y los morosos eran diligentemente puestos en la calle por los corchetes de la justicia. Como sabía todo el mundo de aquellas épocas, esos desahucios, para satisfacción de los novelistas mediocres, afectaban muy especialmente a las viudas y a las huérfanas, que eran el tercer mundo que temíamos en casa.

Marchaba el asunto con placidez mientras el valor del dinero se mantenía estable y el futuro se parecía al pasado. Pero las guerras y las complicaciones, que con tanto entusiasmo emprendían nuestros antecesores, abortaron un concepto, la inflación, que hirió gravemente la relación entre el coste de la vida y las posibilidades de los menesterosos. Las ciudades imán crecen a un ritmo siempre inferior a la demanda lo que da origen a lo que luego se llamaron viviendas sociales, es decir, habitáculos donde la cambiante fortuna expulsaba a unos y acogía a otros.

Madrid, como cualquier gran ciudad, crece a un ritmo imposible de controlar, por detrás del flujo provinciano, siempre en aumento. Los alojamientos adquieren entidad independiente y las construcciones urbanas acogen inmigrantes de las inmediaciones. Comienza la era del alquiler. Aún recuerdo, de mi infancia, las salpicaduras blancas en las fachadas de los albaranes que indicaban el lugar disponible: unos rectángulos de papel donde no era preciso anunciar que aquel piso se alquilaba, porque era lo que quería decir. Decisiones tomadas en la larga dictadura, sin trascendencia pública, decidieron proteger al inquilino, congelando los alquileres, en perjuicio de los rentistas propietarios. No estuvo mal el tiempo que duró, ya que se favorecía un permanente trasiego de la población, descompensada por la Guerra Civil. Los madrileños -muchos, en todo caso- cambiaban con frecuencia de domicilio, por mejora o empeoramiento de sus recursos, la proximidad del puesto de trabajo o el colegio de la prole, incremento de la familia o su encogimiento, cuando los hijos se emancipaban, fenómeno hoy extremadamente raro.

Salir de Málaga y entrar en Malagón para desgracia del antiguo arrendador, insaciable y cruel, como dice la copla anarquista. Le ha sucedido la inmobiliaria, la inventada y omnímoda inmobiliaria, último eslabón de la cadena formada por la promotora y la constructora, que se esfuman en el tiempo desembocando en la comunidad de propietarios, dueños de unos metros cuadrados de aire puestos de pie. Los problemas son otros y la solución del techo que nos guarda -¡ay!- enrevesada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de marzo de 2008