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COLUMNA

Mi realojo

Siete mil cuatrocientas firmas han recogido los vecinos de Novo Mesoiro en A Coruña para que el Concello no mande a los gitanos de Penamoa a vivir a su barrio. Cortes de tráfico, agresiones y una gran conflictividad social está provocando el tema en la ciudad. Siete mil cuatrocientas personas que expresan su deseo de vivir en paz y que no quieren saber nada de esa etnia conflictiva que desde el principio de la humanidad, deberían tenerlo en cuenta, no ha encontrado alojamiento definitivo ni en Penamoa ni en ninguna parte.

Siete mil cuatrocientas personas prefieren que la ciudad, como casi todas en este mundo, cuente con uno o varios guetos perfectamente localizados y fuera del alcance de las personas bienpensantes como supongo que son ellos. La misma ciudad que encarga a los grandes arquitectos maravillosos paseos marítimos o museos, dársenas y puertos exteriores, estadios y centros culturales pero que tropieza una y otra vez con el mismo problema técnico: cómo eliminar la escoria. Primero fue el basurero y ahora, qué coincidencia, los gitanos.

Cuando empiezan los derechos a extenderse a muchos les parece que han violado su morada

Con la integración ocurre como con las putas: todo el mundo sabe donde están sus casas por si fuera preciso, pero de eso a tenerlas de vcinas, salvo en Aída, hay un abismo. Mucho se ha hablado aquí del tema y les remito al conmovedor testimonio de Manuel Rivas el viernes pasado. Quiero, sin embargo, destacar algo que no entiendo bien y que se suma a este ola creciente de desmanes y algaradas que están recorriendo todo el Estado. Cuando la autoridad intenta sacar a la luz los despojos de la marginación miles de ciudadanos empiezan a taparse las narices y a mirar para otra parte, miles de ciudadanos se sienten insultados de que el progreso llegue a casa de todos.

Pasó al inicio de la democracia, muchos de esos antiguos alcaldes de barrio tuvieron que meter la camisa azul en el armario y escuchar como las asociaciones vecinales empezaban a lograr lo que nunca habían tenido: derecho a existir y a estar limpios de toda duda. Cuando empiezan los derechos a extenderse a colectivos que no han disfrutado históricamente de ellos a muchos les parece que les han violado su propio matrimonio (pasó con las bodas gays) o su morada (el caso de Penamoa).

Una de las grandes aportaciones de la socialdemocracia ha sido no permitir que las bolsas de marginación se extiendan por el tejido urbano. Urbanistas y arquitectos han diseñado nuevas propuestas en las que como quirurgos han debido operar varios quistes para que la urbe sea una organismo saludable para sus habitantes. Barcelona es en este sentido una ciudad modélica en Europa y no digamos Ámsterdam o Berlín. París y las principales ciudades francesas padecen en la última década los estigmas del problema: una sublevación de la periferia inmigrante , barrios marginales donde la política de derechos llega sólo en tiempo de elecciones.

Hay otras ciudades en el mundo en las que en cambio el problema parece imposible de resolver como Lima, Bogotá, Río, Bombay o la misma Nueva York. Ciudades con un proceso de favelización imposible de detener. Sin embargo, lo que está pasando en A Coruña puede arreglarse tanto por la escasa población afectada como por los planes del propio Ayuntamiento que comprenden la rehabilitación social y laboral de las familias y la distribución en barrios consolidados de toda la ciudad y no únicamente Novo Mesoiro.

En cierta ocasión tuve un vecino que parecía molesto con mi presencia. Le expliqué que nada más lejos de mi intención que alborotar su paz. Le dije también que tenía un perro y dos hijos, que era periodista, que si quería tomar café, que no recibía demasiadas visitas. El hombre siguió durante un año marcando mi vida a golpes de escoba cuando oía el menor ruido.

Decidí entrar a mi casa como una mezquita y a las visitas les recomendaba que hablasen en voz baja. Empecé a sentir miedo. El perro dejó de ladrar. Sin embargo, el vecino sostenía que su consumo de Valium empeoraba, que su vida era una amargura y que yo bailaba flamenco por las noches... Nunca pude convencerle de lo contrario. Busqué mi propio realojo. Como cantaba Nicola Di Bari, el corazón es un gitano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de abril de 2008