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Reportaje:

"Tiene que entrar, por favor"

Higuaín, señalado por sus fallos ante la portería, resuelve un duelo marcado por la fatiga mental de sus compañeros

La vida en pareja, más que de suma de talentos, siempre fue cuestión de comunicación. En los delanteros, el entendimiento es básico. Hay parejas que se entendieron a primera vista. Raúl y Morientes se asociaron sin demora en el Madrid de 1998. Aimar y Saviola hicieron lo mismo en el River de 1999. Una década después, los planes de Mijatovic unieron a Raúl y Saviola en el Madrid. Pero el experimento no acaba de funcionar. Ayer no consiguieron complementarse. Saviola se colocó como punta y obligó a Raúl a desplazarse a la zona de volantes, donde provocó algo parecido a un desequilibrio ecológico. Sneijder perdió el hábitat natural. La confusión perjudicó a Raúl y a Saviola, que ni recibió pases en zonas blandas ni encontró socios para tirar paredes. El Madrid no salió bien parado del desencuentro de su delantera. Si no lo pagó fue gracias a Higuaín.

Una vez que Schuster verificó el error ya era demasiado tarde. El técnico no hizo cambios en el descanso y en el minuto 46 Cannavaro fue expulsado. Schuster sustituyó a Saviola por Torres siete minutos después. Con el retorno de Raúl a posiciones más avanzadas, el Madrid empezó a jugar mejor. Pero le lastraba el peso psicológico de necesitar un gol y la tensión de las horas previas. Desde las cinco los madridistas habían estado pendientes del Villarreal y del Barça. Llegaron al Reyno de Navarra embotados. Si la cara de Cannavaro al bajarse del autobús reflejaba la tensión acumulada, la de Heinze hablaba de un hombre sometido a los rigores más ásperos de la autoexigencia. El capitán sonreía un poco, pero, igual que sus colegas, no es la clase de futbolista que disfruta de los partidos. Menos ayer.

El rito del alirón, que se anunciaba como algo inevitable y monótono, igual que el ritmo de esta Liga, había sembrado en la plantilla la semilla de la fatiga mental. Esto se manifiesta en forma de paz interior paralizante unas veces y en forma de tensión otras. Cannavaro no pudo soportarlo y se arriesgó excesivamente en una entrada a Plasil. Tenía una amarilla y Medina le mostró la segunda. Se perderá el clásico contra el Barça, una cita que el madridismo había señalado como una fiesta. Tal vez precipitadamente. Sin Cannavaro ni Heinze, que acumuló la quinta amarilla, la defensa se quedará en los huesos.

Después del penalti de Heinze todo parecía perdido. Pero apareció Higuaín. El jugador al que el locutor del Bernabéu intentó humillar ("¡por fin la metiste, Pipita!") por sus fallos acabó de la mejor manera. Dándole el título a su equipo con un gol. El Pipita relató su experiencia en un estado de profunda excitación: "Cuando he visto la pelota dando botes, me he dicho: 'Esta vez tienes que entrar, por favor, tienes que entrar... ¡Por favor!". El delantero argentino, que tiene fama de poco efectivo, vio la trayectoria del balón en cámara lenta después del pase de Sergio Ramos. Con el remate cumplió un sueño. "Al final no sé ni por dónde entró el gol. Es la segunda vez que hago un gol decisivo en el partido que pone fin a un campeonato", recordó. Y continuó: "Había soñado muchas veces con esto y me ha vuelto a pasar".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 2008