Creo que fue en el entretiempo de las dos grandes guerras mundiales, la Gran Depresión, la ley seca yanqui y la dictadura de Primo de Rivera, cuando se inició la moda del sinsombrerismo. Una rebeldía contra lo que pretendían liberar las cabezas predemocráticas de aquel signo exterior de riqueza y elegancia. La verdad es que el sombrero estuvo considerado, ante todo, prenda indispensable para proteger las seseras del frío y de los calores, pero, como todo lo necesario, acabó siendo acaparado por las minorías, que nunca han dejado de distanciarse de las masas.
Con afán igualitario, en el que sólo creen con sinceridad los pobres de espíritu, se declararon las hostilidades contra el tocado, tanto femenino como masculino. Y ahí se abrió una brecha que temporalmente dura hasta nuestros días. Los creadores de la moda avanzan en la consideración social, subiendo el listón que, de forma natural, pusieron tan alto los Balenciaga, Lanvin, Patou, Dior. Hasta ellos todo fue cuestión de costureras particulares al servicio de las damas cortesanas y de las burguesas europeas y españolas. La industria era, primordialmente, francesa y en París se editaban los "patrones", las plantillas y orientaciones para que mujeres de territorios menos evolucionados pudieran vestir a sus congéneres. Según reveladores indicios, parece que el sombrero vuelve, no perdamos la esperanza.
Hasta hace 50 o 60 años se consideraba adminículo indispensable, como los pantalones y las botas
Alguna vez he contado lo que me dijo una estimada y ya desaparecida amiga, que fue heroica editora de libros en la inmediata pos-Guerra Civil, además de mujer guapa, elegante y alta para la talla de las españolas: Fermina Bonilla, quien, por primer matrimonio, ostentó el título de marquesa de Elduayen. Eran años paupérrimos y Madrid se incorporaba con esfuerzo de entre las ruinas donde faltaba de todo: desde las ostras y el caviar hasta los boniatos y el aceite de colza. "Cualquiera", me decía, "puede ir con un traje remendado, el abrigo vuelto y un bolso de hule, pero si lleva unos zapatos decorosos y un sombrero elegante, pasará por dama distinguida".
Para los varones el asunto se presenta más problemático, ya que para cubrir la sesera los americanos descubrieron las llamadas "gorras de béisbol" que pueden lucir desde el presidente hasta el negro que espera en el "corredor de la muerte". Ahí se ha democratizado, con los tejanos, la indumentaria viril. Madrid solventó el problema climático con variadas clases de sombreros, adaptados a la caprichosa primavera, al invierno, no demasiado riguroso y a los veranos sofocantes. Hasta hace 50 o 60 años se consideraba adminículo indispensable, como los pantalones y las botas, zapatos o alpargatas. De fieltro y abrigo en las estaciones frías, y de paja o "panamá" para el verano cruel. Siempre supuse, dado que nuestro ambiente no muy extremoso, que lo importante del sombrero, la gorra o el bombín, para el madrileño, no era ponérselo, sino quitárselo para el reverencial saludo a una dama o algún conocido de buena fama. Choca la zafiedad de las películas -estupendas por otro lado- del Hollywood de los cuarenta, en las que el macho no se despojaba del sombrero ni en la ducha, ni en presencia de las señoras. Eso les lleva, de forma inexorable, a la próxima y posible situación de tener a un negro o una presidenta en la Casa Blanca.
Para ellas fue la parte más visible de la indumentaria. Siempre hubo cierta relación posicional (como se dice ahora): si privaba el ornato desbocado de los cabellos, el peluquero alzaba monumentos de bucles, rizos, tirabuzones, ondas. Y jardines rubios, castaños, negros que podían ser teñidos, lacados, permanentes o desenfadados. En la historia, dos reinas españolas triunfaron en ese aspecto: Leonor de Castilla, primera esposa de Francisco I de Francia, y Margarita de Navarra, que plantaron las primeras plumas exóticas en los sombríos birretes de paño.
Moda vertical, avanzaba en dirección alternativa: al peinado escandaloso siguió el sombrero que las damas inglesas tenían el coraje de encasquetarse y sobrepasaba en casi un metro el nivel de los hombros, lo que favorecía a las bajitas. Si las faldas se encampanaban barriendo el suelo, descendían los escotes palmo y medio. Cuando Mary Quant elevó el listón hasta la proximidad de las ingles la compensación fueron los jerséis de "cuello de cisne".
La congoja femenina se agudizaba en las vísperas de una boda, ya que estrenar sombrero resultaba imperativo. Visitas a la sombrerera, consulta de las revistas ilustradas y los figurines ideados en París... Podía ser un drama coincidir en la fiesta ceremonial con otro modelo exacto, recuérdese aquella escena, en el hipódromo de Ascot, tan deliciosamente reproducida en My fair lady, de Audrey Hepburn.
El intrigante misterio de la moda parece coincidir -o se provoca- en momento de crisis, como parece ser el periodo que acaba de abrirse, y es posible que ponga de acuerdo a sociólogos, economistas y dictadores de la moda femenina. Se acrecientan los perfiles entre un mundo de libertades, en amplio abanico, y otro que quiere cerrarse con el fundamentalismo del chador y el burka, que algo quiere decir.
Hay que saludar el regreso de los sombreros con reverencia y esperanza hacia un refinamiento que nunca viene mal. Razón tenía mi añorada amiga Fermina, que completaba su criterio: "Sin olvidar los guantes, que inspiran miramiento". Son estas reflexiones que vuelven a la nostálgica memoria, aunque parezca redundancia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 2008