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Análisis:EL ACENTO

Perder el tiempo y la vida

En la cultura laboral japonesa es gesto de muy mala educación marcharse del trabajo antes que el jefe y no aceptar uno o varios tragos en un bar después de muchas horas de presentismo en la oficina. En la española no se llega a tanto, pero todavía persisten atávicos y absurdos hábitos según los cuales la promoción profesional y salarial está ligada al tiempo que el empleado permanece en el lugar de trabajo. A más horas, más reconocimiento de la lealtad con la empresa y más sonrisas y palmadas en la espalda, preludio de que el ascenso está a la vuelta de la esquina.

Ahora que el Gobierno reitera que es urgente incrementar nuestro ínfimo índice de productividad (España está en el furgón de cola europeo) sería bueno que las empresas comenzaran por fin a revolucionar sus hábitos y a poner más hincapié en el rendimiento antes que en horas de presencia en la oficina. Pero no es sencillo, puesto que supone un cambio de mentalidad de los propios directivos sobre sus empleados en favor de una mayor flexibilidad.

Lo que parece seguro es que redundaría en beneficio de todos, además, obviamente, de incrementar la productividad. Muy probablemente rebajaría el absentismo laboral y podría aumentar la felicidad del individuo en el trabajo (algo de por sí difícil), al sentirse más responsable de su tarea, y en su núcleo familiar, al poder dedicar más atención a sus seres queridos o disponer de mayor libertad.

Las innovaciones tecnológicas ya lo posibilitan con métodos como el teletrabajo. El ordenador permite desempeñar funciones desde casa sin necesidad de ir a la oficina. En España ya hay empresas que fomentan el trabajo externo. Los jóvenes parecen más dispuestos a realizarlo que sus mayores. Pero de nuevo es una cuestión cultural y de conceder más responsabilidad y confianza al empleado. Sin embargo, hay personas a las que esta reducción del tiempo en la oficina les puede causar problemas psicológicos: ¿cómo afrontar la libertad?, ¿qué hacer en casa si a uno le recibe la soledad, una bronca imprevista o una tarea no deseada? Como remedio tienen dos opciones: acudir al psiquiatra o imitar a sus colegas nipones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 2008