El asunto de esta columna no es bursátil en el sentido financiero del término, aunque hay cosas que bien merecerían cotizar en Bolsa más que nada para gozar del prestigio y la atención que recibe el mercado de los llamados valores. Pero hoy voy a referirme a otro asunto, porque hace poco leí que esas bolsas de plástico, de las que aquí aún se reparten a montones en los hiper-supermercados y en algunas tiendas, muy pronto estarán hechas de almidón de patata. El plástico contamina muchísimo y la fabricación de cada una de esas bolsitas en apariencia tan inofensivas lanza a la atmósfera cuatro gramos de CO2, lo que supone sólo en España 441.000 toneladas de emisiones de ese gas al año.
Mucho de un asalto, de un robo, hay en las relaciones del Primer Mundo con el resto
Con semejante panorama es fácil caer en la tentación de alegrarse con la patata. Y, sin embargo, enseguida se adivina que se trata de uno de esos remedios peores que la enfermedad que los motiva, sobre todo para la inmensa mayoría de la población del mundo que es la más desfavorecida.
El petróleo tiene, al menos, la ventaja de no ser comestible, mientras que los productos de sustitución con los que el Primer Mundo pretende frenar el calentamiento global son alimentos: mayormente, cereales que se convierten en biocarburantes, en comida para coches, y cuya demanda y precio crecientes los aleja más y más de los habitantes de los países pobres, de su hambre mortal. Y ahora les toca el turno a las patatas, que van a cultivarse para fabricar bolsas, es decir, no para quitar, sino para poner hambre en el mundo. Fórmula ésta que escalofría, que es más que una sangrante paradoja, y que creo que justifica un cuestionamiento radical de nuestro modelo de vida y de los discursos que lo alientan y lo amparan.
Y de los discursos también que lo disimulan o lo disfrazan, y que tan habituales son en Euskadi, donde, si nos atenemos a las declaraciones de quienes nos gobiernan, vivimos en unos niveles altísimos, pluscuamperfectos, de desarrollo humano, de empatía con los pueblos del mundo y de respeto por la naturaleza. Y, sin embargo, en todos esos ámbitos las diferencias con los países de nuestro entorno son aún significativas y llamativas. Me referiré sólo al ejemplo perfecto de las bolsas de plástico que en los supermercados o grandes superficies de los países vecinos (sin ir más lejos en Iparralde)ya no se dan, o se dan con cuentagotas o previo pago, mientras que entre nosotros se reparten con despreocupación o desenfreno. Lo que, si no se remedia, va a convertirnos pronto en grandes consumidores de patata bursátil, es decir, en grandes responsables de que ese alimento se vuelva inaccesible para la gente que más lo necesita.
He titulado esta columna La bolsa o la vida porque esa expresión nos coloca enseguida en el escenario de un asalto, de un robo, y mucho de eso hay en las relaciones del Primer Mundo con el resto. Pero, además, porque es una frase que suena ya como a cuento. Y entiendo que en Euskadi vivimos como en un cuento chino, en una ficción político-discursiva y autocomplaciente que enmascara una cruda realidad hecha de bolsas -reales y simbólicas- que el poder gobernante no remedia adoptando las medidas y/o prohibiciones oportunas, no sustituye en la teoría y en la práctica social por materiales respetuosos e inocuos. Por bolsas de tela, auténtica y sosteniblemente civilizadas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 2008