El congreso andalucista que se va a celebrar este fin de semana no llega en un buen momento para el PA, que ha perdido casi lo más importante que se puede perder en la política de nuestros días: la visibilidad. Tras los resultados de las últimas elecciones municipales en 2007 y las autonómicas y generales de 2008, el andalucismo ha pasado a ser una opción casi invisible, que ha dejado de ser una referencia política para la ciudadanía. Los ciudadanos de manera muy mayoritaria desconocen lo que el andalucismo es en estos momentos, quiénes son sus dirigentes o qué es lo que proponen para la dirección política de nuestra comunidad. De esta manera, es muy difícil que puedan entablar un diálogo con la sociedad andaluza.
Parece obvio que buena parte de la responsabilidad de esta deriva hacia la invisibilidad y consiguiente irrelevancia es de la propia dirección política del andalucismo no solamente de los últimos años, sino desde bastante más tiempo. Pero también hay que reconocer que el ambiente político en el que el andalucismo, como todos los nacionalismos periféricos en general, ha tenido que moverse, no le ha sido propicio.
La crisis del andalucismo no puede ser analizada sin ponerla en conexión con la crisis de todos los demás nacionalismos periféricos. El nacionalismo catalán en todas sus manifestaciones está en crisis, como lo está el nacionalismo vasco, el gallego, el aragonés, el valenciano, el mallorquín, el canario. En esta última legislatura el PP ha pretendido convencer a los ciudadanos de que España se rompía y de que los nacionalismos cada vez tenían más peso en la dirección del Estado, pero la realidad era justamente la contraria. El nacionalismo catalán no solamente ha dejado de ocupar la Generalitat, sino que se encuentra en un estancamiento electoral con tendencia a la baja y con un problema de cohesión interna muy notable, tanto en su expresión de centro derecha, CiU, como en su expresión de izquierda, ERC. El vasco se encuentra enmarañado en el denominado plan Ibarretxe, con una tensión cada vez mayor entre la dirección del Gobierno y la dirección del PNV, a lo que hay que añadir la práctica desaparición electoral de EA y el callejón sin salida en que se encuentra el mundo de Batasuna. Todos los demás o han desaparecido o se han mantenido a duras penas en las últimas elecciones generales.
El asentamiento del Estado autonómico a través de una lectura simétrica de la Constitución ha creado un sistema político español genuinamente democrático, en el que cada vez tienen más dificultades para tener una presencia significativa opciones nacionalistas parciales. La generalización de las autonomías, en contra de lo que se vaticinó por muchos agoreros, no ha conducido al crecimiento de las opciones nacionalistas, sino a todo lo contrario. Los nacionalismos no estatales cada vez tienen menos peso en la dirección del Estado. Cada vez tienen más peso las direcciones políticas regionales de todos los partidos en la vida interna de cada unos de ellos, pero cada vez tienen menos peso en la dirección del Estado.
Esta deriva hacia la irrelevancia de los nacionalismos dificulta todavía más la posibilidad de recuperación por parte de los andalucistas. El viento lo tienen en contra. El andalucismo ha penetrado en la sociedad andaluza y es algo que está presente de manera difusa en ella. Pero no parece que existan las condiciones para que esa presencia difusa pueda llegar a tener la concreción suficiente como para articularse en un programa político de gobierno. Y sin eso la articulación de un partido resulta muy difícil, por no decir imposible.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 2008