Un aforismo vagamente hindú advierte que el macaco es un animal necio porque se ofende al asomarse al espejo y encontrar un macaco. Con la televisión, ese gran espejo con poderes que ya hubiera querido para sí el rudimentario artefacto de la madrastra de Blancanieves, sucede algo similar: la sociedad se lleva las manos a la frente como una institutriz victoriana cada vez que presencia el elenco de barbaridades, violaciones del buen gusto y del sentido común o detrito en sus diversas variantes que contiene ese electrodoméstico, al que culpabiliza de gran parte de los males que la aquejan. Sin advertir que, igual que con el macaco hindú, la pantalla se limita a reflejar lo que encuentra al otro lado, a presentar facciones, gestos y muecas que alguien tuvo que enseñarle. De algún modo, la televisión se asemeja a los políticos y las efemérides: cada pueblo tiene los que merece. Y durante mucho tiempo nuestro ínclito Canal Sur, la cadena encargada de cantar las glorias patrias y de dotar de una identidad nacional a este batiburrillo de gentes, intereses y horizontes que nos vertebra, se ha encargado de escupirnos a bocajarro los miasmas más incómodos de lo que significa ser andaluz. Si cualquier extraterrestre sintonizara la longitud de onda de nuestro ente público aprendería que en Andalucía preocupan mucho la copla, el fútbol y los toros, que la tercera edad es una especie de privilegio que permite convertirse en público de programas de media tarde, que nuestros niños vienen con la gracia y el salero en la dotación genética y que para su correcto desarrollo se les invita a contar chistes y representar añejos sainetes con faralaes y boina. A veces el macaco sospecha que está exagerando los visajes y haciendo el payaso, y entonces alguien eleva una queja en un periódico que muere antes de alcanzar los despachos. Al rato todo sigue igual: las aguas del espejo quedan límpidas y el zoológico recupera su animación de siempre.
Por suerte, sí, hay algo más. Si nuestro hipotético extraterrestre se tomara la molestia de pulsar un botón alternativo del mando a distancia repararía en que el sur encierra otros secretos y que, al fin y al cabo, debajo de todo macaco se oculta un ser humano que aspira al ascenso. Nuestro Canal 2 Andalucía ha cumplido diez años al pie del cañón, y la expresión bélica le viene que ni pintada: diez años de regañinas, de disculpas por la escasez de audiencia, diez años de heroísmo callado en que convencer a los foráneos de que la cultura no nos trae del todo al fresco y de que la televisión todavía puede ser un instrumento apto para hacernos crecer por encima de nuestras alpargatas. Porque este canal subterráneo también es un espejo y también sirve de escaparate a un mundo no por escondido menos esencial: una región interesada en la realidad que la circunda, que siente curiosidad por países alejados y gusta de escuchar a los actores en los idiomas que les dieron al nacer, que se documenta, pregunta, denuncia, que mueve a la reflexión en vez de a la carcajada fácil, que considera que el futuro está mucho más cerca que las fiestas patronales y las imágenes en sepia. El dos es el número de la esperanza, como saben los enamorados: igual que su hermana a nivel nacional, Canal 2 Andalucía supone el reducto de todos quienes creemos que la televisión bien entendida ha de hallarse al servicio de la formación de su público y de que la cifra de espectadores no lo disculpa todo. Por eso espero con gratitud que los diez años se conviertan en veinte y treinta más, que nos permitan seguir presenciando debates y bibliotecas y ciudades y amaneceres que quedan más allá de la mustia mesa camilla de la salita. Quién le hubiera dicho a un remoto macaco, un millón de años atrás, que acabaría por encontrar en su espejo a Mozart y Groucho Marx.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 2008