El monumento ha estado siempre allí, pero desde que ha sido limpiado ilumina todo el Pla de Palau. Nos referimos al monumento al Genio Catalán, una fuente de mármol blanquísimo una vez retirada la mugre. Como en todas las demás de la ciudad y hasta nueva orden de la Generalitat, no hay agua en esta fuente: las cuatro cariátidas de león con la boca en o de la columna central tienen así una expresión de perplejidad, más que de ferocidad, y los cuatro caballos marinos de la piscina octogonal producen cierta angustia, pues fueron diseñados en actitud de emerger de las aguas y ahora parecen como encabritados sin motivo. Pero vayamos por partes.
Inaugurado el 1 de junio de 1856, el monumento fue diseñado por Francesc Daniel Molina, arquitecto de éxito, autor también del salón de la Reina Regente del Ayuntamiento. Está dedicado al capitán general Bernaldo de Quirós, marqués de Campo Sagrado, autor de la primera urbanización del paseo de Gràcia, pero recordado sobre todo -y aquí empieza a ser grave que la fuente esté seca- por haber canalizado agua desde Montcada para abastecer a las fuentes barcelonesas en 1826, año, cuentan las crónicas, de sequía extrema.
En la cima del grupo escultórico se halla Hermes / Mercurio, protector de los viajeros, que hacia la mitad del siglo XIX fue preferido a la figura de Hércules en la mitología barcelonesa. Hermes es el patrón del comercio, la industria y la navegación, como certifican a sus pies la rueda dentada y el áncora preceptivas. Pero mirando la estatua de cerca hay que convenir que tiene poco aspecto de mensajero, más bien sus desproporcionadas alas asemejan a las de un ángel funerario, y en efecto, su ejecución, aunque no está atribuida con seguridad, se debe a los escultores italianos Baratta di Leopoldo, especialistas en este género artístico. La impresión se ve corroborada además por otro elemento ajeno a la tradición hermética como es la estrella que la figura sostiene en su mano derecha. Esa buena estrella hay que relacionarla sin duda con la luminosidad del genio catalán.
Por lo demás, el dios, de rostro afeminado, muestra unos atributos más bien modestos, en los que hoy nadie se fija, entre otras cosas porque desde dentro de un coche, que es la manera de acercarse más al efebo, no hay perspectiva, y desde lejos su masculinidad no destaca lo suficiente, pero cuando la fuente fue inaugurada cuentan que llegó a formarse una procesión de mujeres que iban en comandita a tomar medidas, cosa que provocó las iras del obispo, el cual consiguió pocos días después que se procediera a una brutal castración a martillazos, horror ocultado tiempo más tarde por una púdica estola que se mantuvo hasta mitad de la década de 1980, cuando fue retirada sin restituir sin embargo al dios cuanto le pertenecía de derecho. Eso no ocurrió, por cierto, hasta la década de los noventa. De modo que esas partes (pudendas) no son las originales, sino una prótesis de época muy tardía. Bien es cierto que del original poco debe de quedar: durante la guerra fue severamente mutilado de brazos y piernas y Frederic Marès procedió a restaurarlo hacia los años cuarenta, por supuesto manteniendo el braghettone.
Rodeando la columna se hallan cuatro matronas sedentes que responden a las cuatro provincias catalanas. Se dan la espalda entre sí, y no quisiéramos ver nada metafórico en esto, muy especialmente cuando venimos a saber que los cuatro caballos marinos de la base, montados por jinetes dotados de unas extrañas aletas de pez en la espalda, simbolizan nada menos que los cuatro ríos principales de esas provincias: Ebro, Segre, Ter y Llobregat.
Nos preguntamos entonces si el genio catalán de hoy no será Francesc Baltasar, conectando y desconectando cuencas, pero preferimos olvidarnos en seguida, no sea caso de que el marqués de Campo Sagrado se remueva en la tumba, y el obispo incorrupto vuelva a enfadarse y su enfado tenga consecuencias imprevisibles.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 2008