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COLUMNA

Qué oías tú en el 68?

Acabadas las percutientes efemérides del mes santo de Mayo del 68, tal vez sea el momento de enchufar la radio o, si así se prefiere, el iPod o similares. Me he estado poniendo a lo largo de las dos últimas semanas unos cuantos discos compactos a modo de celebración acústica privada, no guardando, por desgracia, en mi memoria, el sonido de los adoquines en su vuelo por los cielos del Barrio Latino.

Yo, que soy de los pocos de mi generación que no estuve en París en esas fechas, dispongo por tanto de una banda sonora sesentayochesca muy modesta, y he disfrutado mucho con el cofre de dos cedés titulado Cocktail Molotov: la bande-son de la révolte, editado por un sello cuyo nombre compuesto constituye una paradoja vertiginosa, Le Son du Maquis / Harmonia Mundi. Entre el sonido del maquis estudiantil sesentayochista y la armonía universal altermundialista, los discos nos ofrecen, con intercalados documentales extraídos de los archivos sonoros del Instituto Nacional del Audiovisual francés, una colección muy curiosa, donde se encuentran nombres legendarios como Jimi Hendrix y Sly and the Family Stone, al lado de grupos carismáticos del underground musical de la época: Soft Machine, Gong, Red Noise. Lo más interesante del material recopilado, sin embargo, es para mí la selección francesa, con algún nombre un tanto inesperado, Jacques Dutronc, y el esperadísimo y siempre inmenso Léo Ferré cantando Los anarquistas, vibrante himno a los españoles perseguidos por Franco.

"Vivo en un lugar donde no le da la luz", podría ser una alusión a la bota de la dictadura

Llevado del efecto eco, también he querido escuchar canciones pop del momento pero genuinamente españolas, existiendo a tal efecto diversas antologías publicadas. El shock que he sufrido es enorme. En mayo de 1968, y también en los meses anteriores y posteriores, yo trataba de hacer varias cosas al mismo tiempo, no todas fáciles: iba mucho al cine, a veces cuatro películas en un día, asistiendo -en salas que ya no permitirán tal derroche de cinefilia, como el Avenida o el Palacio de la Música- a estrenos sin estrellas ni focos, pero con gran espíritu de fiesta: los colaboradores de la revista Film Ideal, que, en contra de lo que alguno piensa, éramos mayoritariamente de izquierdas, y bastantes de ellos comprometidos en la lucha antifranquista dentro de grupos comunistas y socialistas, llevábamos botellas de champán a la Gran Vía para festejar el último Donen o el nuevo Hitchcock. Otra cosa que hacía era conspirar, más que estudiar, y la tercera (o cuarta), ponerme al día en la música de mi tiempo, que no era ni la de Ferré, ni la de Hendrix ni la de Mari Trini, sino la de The Doors, un grupo del que jamás había oído hablar en mi corta vida pero pude escuchar en un disco recién importado y en un piso de la zona de Alfonso XIII, creo que a fines de 1967, gracias a dos amigos progres y adelantados, los hermanos Piera.

Tratando de detectar un posible espíritu sesentayochista autóctono me puse el otro día una canción de éxito en 1968, Mi calle, del grupo Lone Star. Para ser sinceros, la recordaba más turbulenta, menos acomodaticia, pero quizá el comienzo de su letra, "Vivo en un lugar donde no le da la luz", podría interpretarse, entre líneas, como alusión a la negra bota de la dictadura. ¿Y no hay algo beatnik en esa otra estrofa de los Lone Star donde se dice que "Mi calle tiene un oscuro bar"? En el 68 español las canciones triunfales fueron muy variadas. El afán cosmopolita moderado (es decir, no llevado a los extremos psicotrópicos de Jim Morrison) se podía sentir en el uso de títulos y letras parcialmente en inglés, como Ponte de rodillas (Get on your knees) de Los Canarios, o Bring a little lovin', de Los Bravos. Los Brincos resultaban más quietos, más nuestros, y ¿qué decir de María Ostiz, que escaló las listas de superventas con su Aleluya del silencio? El tema español era tratado de muy distinto modo, pues no es lo mismo, naturalmente, el celebrado Vuelvo a Granada de Miguel Ríos que otros dos grandes hits del 68: Los ejes de mi carreta, del grupo Los Albas, y Qué tiempo tan feliz, provocación optimista en un año tan revuelto, a cargo del inmarcesible crooner catalán José Guardiola.

Entre tantos sonidos epocales, me acordaba del título de una canción pegadiza de cuyo estribillo nunca me pude desprender, hasta que el petardismo contemporáneo, sobre todo el centrado en Chueca, rescató a su autora e intérprete, Karina. La chica de Las flechas del amor sobrevive y va a programas del corazón, como Massiel, símbolo de un momento histórico que yo pasé haciendo una guardia en el Ministerio del Aire, sito en Moncloa. Entre el La, la, la y Tu nombre me sabe a hierba, también en las listas de las más vendidas, Al vent de Raimon representaba un cierto maquis melódico. Las puertas abiertas por The Doors en el rock aún tardarían en abrirse. Pero no se me ocurre ninguna canción específica de 1968 a la que poder pedirle 40 años después: cántame lo que pasó.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 2008