La carta Verdad y libertad, publicada el 1 de junio, me ha producido irritación. Da la impresión de que los profesores no somos más que unos monigotes en las manos del Gobierno de turno, como si la verdad y la libertad a la hora de impartir nuestras clases no dependiese de nuestra honestidad, sino de las consignas del ministerio.
Y da la casualidad de que en la enseñanza pública es donde el profesor enseña con más libertad y puede hacerlo con más verdad. A mí, desde 1979, en que he ejercido como profesor de filosofía, nadie me ha insinuado lo más mínimo sobre lo que debía y no debía enseñar; tampoco conozco compañeros que se hayan quejado alguna vez de eso. Y en esta controvertida asignatura Educación para la Ciudadanía va a ocurrir lo mismo.
Por otra parte, en el profesorado el abanico ideológico es tan variado como la sociedad. Los únicos profesores con dependencia ideológica son los de religión, que los nombra el obispo y los puede cesar por razones extraacadémicas. Así, la pregunta de esa señora, "¿de qué tienen miedo?, ¿de la verdad?, ¿de la libertad?", es a ella a quien debe plantearse.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 2008