"Decidme, ¿sois libres?". Esa pregunta, formulada a jóvenes alumnos de bachillerato o recién ingresados en la universidad suele recoger un puñado de respuestas sorprendentes. La cosecha de noes, más o menos matizados, suele ser llamativamente alta. Desde los "no, porque no puedo hacer lo que quiero, no tengo ni un duro, no puedo independizarme, etc.", hasta algún aguerrido "no, porque me obligan a ser español 24 horas al día". En la mayoría, la libertad aparece como algo dado, no como algo que se conquista.
Me parece que una buena forma de enseñar filosofía o humanidades es planteándolo como conquista de esa libertad, como arte de vivir. Reformulemos la pregunta: "¿Somos los guionistas de la película de nuestra vida?". Somos coguionistas, diría yo. Y los que, por una u otra razón, aducen no ser libres hacen referencia a la fuerza arrolladora del Guionista Número 1: una mezcla de condicionantes biológicos y condicionantes sociales, culturales, económicos, salpicada con una buena dosis del más sinuoso azar. Todos ellos condicionan, sí, pero no determinan. No, al menos, si el Guionista Número 2 (el yo consciente, proyectivo, libre) se toma en serio su trabajo. Pongamos, por ejemplo, que el Guionista Número 1 aporta el drama, los llantos, mientras que el Guionista Número 2 intenta darle a la película un toque de elegante comedia...
No se trata de elegir, sino de elegir bien. Deliberar, evaluar, tomar la mejor decisión para cada ocasión
Lo más fácil, generalmente, es dejarse arrastrar por el torrente del Guionista Número 1: llamarle Suerte, Destino, reconocerle poderes cuasi ilimitados, balancearse según su capricho, quejarse de sus injusticias, refunfuñar. La libertad es difícil. He ahí una idea que asombra a los jóvenes cuando la oyen.
¿Libertad no es acaso tener facilidades, derechos, poderes de decisión y de elección? Todos somos constitutivamente libres, pues no podemos dejar de tomar y tomar decisiones a lo largo del día, no podemos dejar de elegir. Ahora bien, elegir casi automáticamente lo normal, lo que hace todo el mundo, tiene poco que ver con el ejercicio consciente, meditado, proyectado, del Guionista Número 2. Pues no se trata de elegir, sino de elegir bien. Deliberar, evaluar, formular un buen juicio, tomar la mejor decisión para cada ocasión.
Ortega lo expresó con la más radical de las fórmulas: o filosofía o sonambulismo. Elegir vivir reflexivamente, proyectivamente, supone, decía él, "una exasperada vocación a la vigilia y a la lucidez". Es lo que distingue al hombre-masa del que busca hacer de sí la mejor versión posible de sí mismo, el hombre autoexigente. La libertad es difícil, sí. Supone a menudo salirse de lo que "hace todo el mundo", y tener muy buenas razones para hacerlo. Supone a menudo sacrificio, soledad, incomprensión.
Supone, también, no dejarse embriagar demasiado por las narraciones que cantan nuestra identidad como destino, mostrando la identidad como aquello que nos ha sido dado, que hemos heredado y que nos definiría. En nuestro caso, cómo no, pertenecer al pueblo vasco, a la etnia, la lengua o las ancestrales costumbres gloriosas. El Guionista Número 1 suele ser brillante dotando a los personajes de raíces identitarias que enarbola como banderas meritorias. El Guionista Número 2, en cambio, le echa una mirada escéptica, a menudo irónica, a esa habilidad engatusadora. Sabe que el mérito está en otra parte, que está por construir. Y que es difícil.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 2008