Una de las más bellas metáforas aplicadas al ámbito de lo político se le debe a Bismarck que, a pesar de ser un rígido conservador y un claro exponente del militarismo prusiano, fraguó, en lucha con las otras potencias y el movimiento obrero de su tiempo, la unidad alemana y las bases del Estado de Bienestar. Según él, el gran estadista "debe saber oír los cascos de caballo de la historia". El realismo es uno de los ingredientes de la actividad política pero, si quiere sobrevivir a un proceso histórico a cada paso más veloz, necesita también de esa cualidad visionaria que permite anticipar el futuro y que todos los grandes hombres de estado han pretendido.
No es esa una cualidad que forme parte del código genético del país. En Galicia apenas si Castelao se levantó por encima del nivel de su tiempo. Pero lo hizo en las condiciones de la derrota y sólo para transmutarse a sí mismo en uno de aquellos inmortales que aseguran la continuidad de un pueblo y cuya procesión él narró en su emotivo discurso Alba de Gloria. Ya en vida se convirtió Castelao en un mito, y los años que siguieron no hicieron más que incrementar su leyenda hasta situarlo como la figura que condensa la tragedia y las esperanzas de la Galicia republicana.
Lo peor que puede pasarle al bipartito es que renuncie a forjar otra idea de Galicia
También a su modo Fraga Iribarne, en la antípoda del líder del exilio, intentó ejercer el papel de estadista, al menos hasta donde lo permite la figura de un presidente de Comunidad Autónoma. No cabe duda de que el sueño de Fraga Iribarne había sido, antes de volver a Galicia, llegar a ser Suárez en lugar de Suárez, como aquel visir Iznogoud que en nuestros tebeos de niños soñaba con ser Califa en lugar del Califa: el hombre, reflejado en los libros de historia, que había hecho posible la transición a la democracia. El nombre de Constantino Karamanlis, que tal vez ahora no diga nada a nadie, debió pesarle mucho. A pesar de sus muchos años en el interior de la bestia y de sus orígenes falangistas, Fraga, buen conocedor de la España de la restauración, se vivía a sí mismo como un moderno liberal en la senda de Cánovas del Castillo.
Pero ese sueño se vino abajo. Por su falta de pericia, por sus límites ideológicos, por su falta de sintonía con el Rey en esa época, o por lo que fuere. Cuando volvió a Galicia no lo hizo, sin embargo, para jubilarse. Su asunción del galleguismo como seña de identidad de los conservadores estuvo dictada por su instinto político, pero se equivocaría quien haga equivaler eso a puro cinismo. Su doctrina de la autoidentificación quería darle un concepto al conservadurismo local. Sus tesis acerca de la administración única o acerca de la reforma del Senado eran congruentes con su visión de una Galicia que, como las otras comunidades autónomas, ejerciendo su poder, reforzaban y no impugnaban a España. Era una visión incardinada en un concepto del Estado. Acaso convenga traer aquí a colación que el PP organizó en aquel tiempo la Fundación Alfredo Brañas y recordar el papel que en la historia del galleguismo tuvo ese carlista.
La larga etapa de hegemonía absoluta del PP se disipa entre las brumas. Tal vez dentro de poco parecerá sólo algo así como un ensueño, un vago recuerdo. Todo parece indicar que el gobierno bipartito va a durar. Y tal vez mucho. Más allá del día a día es fácil advertir que el PSdeG y el BNG están en tránsito. Lo están como partidos, dado que ambos saldrán transformados de la experiencia de gobierno. No sabemos todavía qué saldrá de esa mutación. Pero es seguro que se está produciendo ante nuestros ojos, inserta en otras transformaciones de mayor calado del país que nadie acierta a intentar comprender.
¿Hasta qué punto están intentando Touriño y Quintana escuchar los cascos de caballo de la Historia? ¿Hasta qué punto se esfuerzan, más allá de las interminables agendas que su protocolo les coloca sobre la mesa cada tarde, en interpretar las corrientes de fondo? ¿Tienen la madera de la clase de gente que abre un nuevo espacio o serán notas a pie de página del gran libro de Galicia? Fraga Iribarne fue al final vencido por las inercias del país, por sus propios barones, por las elites que no se atrevió o no pudo remover, o por su propio cansancio y años. Tal vez podría haber seguido ganando elecciones -al fin y al cabo las perdió por un sólo diputado-, pero cuando fue derrotado todos sabíamos que, aun cuando las ganase, aquel ya no era su tiempo.
Tal vez eso sería lo peor que pueda pasarle al bipartito. Que le suceda lo que al fraguismo de los últimos períodos: que sepa ganar elección tras elección, pero que renuncie a forjar otra idea de Galicia y a llevarla a la práctica.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de julio de 2008