"Si no pones una queja, es como si no existieras". Lo dice Juan Zamora, empresario de 53 años. Y lo dice por su reciente experiencia con la sanidad. La de las famosas agendas cerradas. A principios de junio, resbaló en una acera mojada de su localidad, El Escorial. La rodilla le dolía, así que fue a su médico de cabecera, que le prescribió una radiografía y una visita al traumatólogo. En el mostrador donde le atendieron le dieron la noticia: "Me aseguraron que el ordenador no da citas. Que la agenda está cerrada. Claro, si no hay citas, no hay demoras".
Le costó creérselo. "Aunque sea dentro de seis meses", insistió. Ni seis, ni tres, ni uno. Le repitieron que no había citas. Lo siguiente fue pedir una hoja de reclamaciones. "Cuando pones una queja es como si metieras un palo en un avispero. Todo el mundo empieza a moverse", asegura.
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También le pasó al pedir hora en junio para realizarse una audiometría. Le citaron para octubre. Y, claro, de nuevo presentó reclamación. En unos pocos días recibía una llamada que le informaba de que su cita se adelantaba a primeros del mes de julio. Así que Zamora lanza un consejo: "Que dejemos de hablar tanto en el bar y reclamemos más".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de julio de 2008