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Editorial:

Rebelión en el PP catalán

Las bases populares de Cataluña muestran su malestar en la elección de la nueva dirección

El PP tiene un agujero negro electoral. Mientras en el conjunto de España y dentro de las elecciones generales obtiene un 40% de los votos, en Cataluña se queda en un pobre 16%. No hay otra comunidad donde los resultados sean tan exiguos para el principal partido de la oposición, que ha visto cómo el número de alcaldías catalanas en su poder pasaban de 13 en 1999 a seis en 2007. Y ningún diputado al Congreso por Girona, única circunscripción española en la que los marcadores del PP se han quedado en blanco, y donde por cierto se presentaba como cabeza de lista la flamante presidenta: Alicia Sánchez-Camacho.

Desde hace años, o desde casi siempre, se decide desde la sede central de la madrileña calle de Génova por qué senderos políticos deben circular sus hermanos catalanes; se mandan las listas electorales a Cataluña vía fax; y se dictan los cambios de liderazgo siempre pensando más en la gobernabilidad de España que en la penetración social en Cataluña. La añeja estructura del partido ha permanecido históricamente en manos de los hermanos Fernández Díaz (Alberto y Jorge), que al mando del aparato han sido dóciles ejecutores de los designios de Madrid. El 12º congreso del PP catalán que ayer acabó en Barcelona no ha sido una excepción, aunque, eso sí, por vez primera las bases se han sentido legitimadas para contestar a la dirección.

El momento de debilidad de la cúpula popular -en la oposición y con una fuerte contestación desde el seno del propio partido- ha sido aprovechado en Cataluña para expresar los agravios históricos de una militancia que se considera moneda de cambio y objeto de maltrato político. Los resultados obtenidos por la nueva presidenta del partido, Sánchez-Camacho (un 56,7%), no pueden entenderse de otra manera. Ni siquiera obtuvo los votos de los compromisarios que firmaron su candidatura y se quedó 211 sufragios por detrás del número total de quienes la habían avalado. Montserrat Nebrera, con un discurso contra el agravio y un 43,2% de los votos, consiguió reunir al sindicato de los descontentos, sin que sirvan los baremos de marianistas y antimarianistas.

El PP catalán vivió la decapitación de Alejo Vidal-Quadras en 1996, en arras al pacto del Majestic entre José María Aznar y Jordi Pujol. Alberto Fernández fue el recambio, hasta que la cúpula consideró llegado el momento de abordar el pospujolismo y lanzó a Josep Piqué a la conquista del centro-derecha en 2002. Pero el corsé impuesto por la vieja guardia aznarista -singularmente Ángel Acebes que le reorganizó el partido en Cataluña- provocó que el ex ministro de Exteriores e Industria presentara en julio del año pasado su renuncia a Mariano Rajoy. La historia ha vuelto a repetirse. Con tres candidaturas sobre la mesa, la dirección ha impuesto ahora la solución Sánchez-Camacho, evitando que el partido catalán llegue a la mayoría de edad por méritos propios.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de julio de 2008