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COLUMNA

Presencia y volumen

En el centro de San Sebastián presencié y padecí, el otro día, un suceso lamentable. En dirección al río se produjo un gran atasco de coches, alguna furgoneta y varios autobuses urbanos e interurbanos. Obviamente irritados y con ganas de escapar del atolladero, varios de aquellos conductores se pusieron a tocar la bocina con energía y a coro. Y generaron, durante bastante rato, una contaminación acústica de las que ridiculizan los decibelios máximos prescritos por la OMS, y desde luego los límites marcados por el respeto cívico. Porque por allí pasaba mucha gente que tuvo que soportar el espectáculo. Y seguro que hubo quien se sintió sólo molesto; y seguro que hubo quien se sintió literalmente agredido, herido por aquel estruendo susceptible de provocar, y lo digo en serio, un trauma acústico en un oído frágil. El atasco se deshizo por fin, pero yo me fui de allí con su eco, como con un acúfeno mental o con una reflexión-zumbido que me orientó enseguida hacia los nuevos proyectos de intervención urbanística y cultural previstos en Euskadi.

Porque de eso se trata: de respetar el espacio que debemos compartir con el resto de lo seres vivos

De la ampliación del museo Guggenheim al vecindario de Urdaibai poco se sabe aún. Pero dadas las características excepcionales de esa reserva natural, conviene dotarle ya al pensamiento de una especie de sistema informático de seguridad, para ir sembrando la navegación mental por el proyecto de Guggenheim II, de potentes defensas contra contaminaciones y publicidades contraproducentes; y contra la especulación y la espectacularización comercial de la zona; y contra la confusión del desarrollo material con el cultural, y del medio plazo con el verdadero horizonte. Porque es más que razonable imaginar que el turismo (obvio objetivo de una ampliación del museo planteada como nuevo impulsador económico), que los turistas van a moverse cada vez más por y con aspiraciones verdes, que van a viajar buscando parajes preservados tanto o más que salas de exposiciones; y a considerar que la posibilidad de acercarse al arte de la vida natural es una de las más valiosas experiencias culturales de nuestro tiempo y, por ello, uno de los mayores atractivos de cualquier lugar.

De la pasarela de Sagüés en San Sebastián sabemos mucho más. Y confieso sentirme seducida por la belleza de su diseño mínimo, de limpio trazo, como la línea de un segundo horizonte, esta vez alcanzable. Porque me represento esa pasarela como una puerta desde el fuera hacia el dentro del paisaje, es decir, desde su contemplación hasta su comprensión. Y entiendo que quien comprende tiene ya hecho casi todo el camino del respeto. Porque de eso se trata: de respetar el espacio que debemos compartir con el resto de los seres vivos. Pero es este punto el que concentra mis preocupaciones y mis reflexiones- zumbido. Porque no creo que la simple existencia de ese hermoso hilo de pasarela afecte negativamente a las colonias vegetales y animales asentadas en esa zona. Pero esa pasarela no va a estar vacía sino ocupada, es decir, que su impacto medioambiental va a depender esencialmente de las condiciones y del volumen de la presencia humana. Y no puedo evitar entonces -acordándome de los bocinazos y de los daños colaterales de los botellones y del tufo a orina en tanto lugar público y de la docena de multas que aquí se imponen a diario por vulneración de la ordenanza de civismo- echarme a dudar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de julio de 2008