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Reportaje:A TRAVÉS DEL PAISAJE | agenda

Entrambas aguas

La ruta que nos lleva desde Vila-real a Onda atraviesa un paisaje monótono -casi obsesivo- de grandes fábricas de cerámica que se interrumpe aquí y allá con pequeños puntos verdes, es de suponer que coloreados por los arbustos de aquella especie que antecedió a la que ahora predomina con los nuevos moradores del territorio que son las azulejerías. De ahí, hacia Ribesalbes, disminuye de forma paulatina el multicolor de las fachadas y los tejados construidos en acero y otros nobles materiales y se erigen a lo largo del camino pinos y más pinos, y monte bajo que alterna con inmensos campos de naranjos, y también sin concretar pero de forma ostensible olivos y algarrobos, e higueras y algunos almendros, y aún otros árboles frutales que nos hacen deducir que el agua no se encuentra muy lejos, que algún liviano cañillo se esconde entre la fronda.

Terreno accidentado, sin que predominen las grandes cumbres, pero que se quiebra lo suficiente para que en los mínimos valles que entre esas alturas se forman pasee el líquido que vitaliza el suelo. Casas de campo con su pequeña huerta y grandes extensiones de cultivos monótonos se alternan en el recorrido. De repente, el paisaje acuático: hemos llegado a Ribesalbes y nos tropezamos, casi de improviso, con el embalse de Sitjar, que propicia el río Millares; y allí quedamos, sorprendidos, contemplándolo todo desde una atalaya artificial: ora el embalse, ora la población.

Debemos continuar nuestra ruta, en la que vuelve a inscribirse la cerámica cuando a L'Alcora nos dirigimos; y aquí con el peso de la tradición, ya que desde 1727 es fama que competía con las mejores de Europa, inspiradas sus calidades en las que su fundador, el Conde de Aranda -aquel noble que dicen sustituyó el chambergo y la capa larga por el tricornio y la capa corta, en un arrebato de modernidad- admiró en sus numerosos viajes y exilios.

Y de nuevo el agua y de nuevo un embalse: esta vez por mor de los caprichos del río Llucena y de la Rambla de la Viuda, que se dan cita en el de María Cristina, donde si llegamos a suprimir de nuestras miradas las fábricas que lo escoltan, compondremos un idílico paisaje. Pero nuestro destino se adentra más en las tierras, de similares y agrestes paisajes, hacia Llucena -lugar donde curiosamente nuestro caballero no hizo fazaña alguna- y lo que queda del castillo de l'Alacatén, y luego a Villahermosa del Río, que fue señorío como tantos otros de Zayd Abu Zayd, para culminar en Bibioj, donde el descanso está garantizado, así nos asuste por ser un pueblo fantasma.

En nuestro recorrido comeremos aquello que nuestro gusto nos demande y las casas de comer nos proporcionen, pero si queremos visitar la cocina local deberemos insistir en que nos hagan un conill amb caragols una olleta de cardets, otra olla, esta vez de la abstinencia, que como su nombre proclama está hecha con verduras, en especial con judías; otro conejo, esta vez con mucho aceite: tornaet a l'oli, y para postre una suerte de dulce fruta de sartén, compuesta -como diría un clásico- con higos y buena masa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de agosto de 2008