Los roedores devoraron los penachos emplumados de los relucientes cascos. Las bruñidas corazas sucumbieron heridas de muerte por el óxido más agrio y los fasces, deshilachados por el tiempo, esparcieron sus hachas y reventaron las cintas que prietamente los ceñían. Nada de ello permanece en la Fuenfría, el puerto de la cornisa del Guadarrama que, a 65 kilómetros de Madrid y a 1.800 metros de altitud, separa las dos grandes mesetas de España. Durante 17 siglos, este cruce de montaña ha encauzado el paso de una llanura a la otra: dos rutas medievales, el Camino de Santiago, una ruta borbónica hasta La Granja y una carretera construida durante la Segunda República convergen contiguas y se solapan sobre tramos del trazado de una vía anterior y singular. Pese al zarpazo del tiempo, Roma sigue ahí arriba: con su lógica, su luminosa manera de disponer trabadamente la piedra, la cal y la arena para construir calzadas -por legionarios e indígenas esclavizados- con las que allanar el fluir de personas y carruajes hacia o desde la metrópolis. Se mantiene soterrada, pero aún compacta, siglos después, dibujando 10 kilómetros de la vía XXIV del Itinerario de Antonino, que unía Toledo y Titulcia, cerca de Aranjuez, con Segovia, la impar acuaconducta, y Astorga.
En la sierra, su pendiente nunca supera un 10% de desnivel
Dos vías medievales y una construida en tiempos de Felipe V se solapan encima
Salvar esa cuota del legado de Roma en Madrid se ha convertido en prioridad para el Gobierno regional, al decir de su viceconsejera de Cultura, Concha Guerra, que ayer mostró, no lejos del Mirador de la Reina, los trabajos para dejar expeditos dos tramos de 600 metros de la Calzada Romana madrileña. Será transitable a pie -en bicicleta resultará difícil- y servirá de exponente de tan rica herencia. Un centro de interpretación, situado en Las Dehesas, periferia de Cercedilla, presentará rehecho un fragmento de cuatro por cuatro metros del solado de la vía y documentará la presencia romana en Madrid, desde el legendario Miaccum, origen germinal de la ciudad, hasta la excelsa Complutum, Alcalá de Henares, o los más recientes hallazgos de la necrópolis de Arroyomolinos, cuyos sarcófagos emplomados serán extraídos en septiembre.
El objetivo final de actuaciones como la de la Fuenfría es el de insertar la Calzada Romana en una Red de Yacimientos Visitables -19 en Madrid- para exhibir al público la entidad patrimonial que la región atesora. "A ello se han destinado tres millones de euros", dice Concha Guerra.
La Dirección General de Patrimonio Histórico, que regenta José Luis Martínez-Almeida, ha convocado a expertos de la Universidad Autónoma y de la Universidad de Enseñanza a Distancia para especificar la romanidad de tan compartida vía. Siete hombres y dos grandes máquinas operaban ayer sobre ella. En principio, desbrozaban la calzada de árboles y residuos de otros caminos cegadores de su trayecto. Hasta el momento han sido abatidos 18 árboles, "todos jóvenes y de poco porte", justifica José Fraile, de Valsaín, que labora en el puerto: "Allí llevamos tiempo cuidando de nuestra calzada".
"La Calzada Romana aquí no estaba enlosada, como solemos imaginar", explica Germán Rodríguez, codirector del proyecto arqueológico. "En esta zona tenía una anchura de cinco metros y se asentaba sobre un statumen, conglomerado de piedra y arena cubierto por el rudes [pavimento adaptado a la marcha]", dice. "Admite curvas pronunciadas, pero nunca supera un 10% de desnivel". Un cabal sistema de drenaje impedía el encharcamiento de la vía... La racionalidad romana brilla aún, emboscada, en la penumbra de la Fuenfría.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de agosto de 2008