El cine de la francesa Coline Serreau surge a borbotones. La irregularidad podría ser su seña de identidad, tanto en la generalidad de su filmografía como en el seno de cada una de sus películas, porque a un bajonazo de vergüenza ajena puede seguir un espasmo de magnífica creatividad. Peregrinos, su último trabajo, no es una excepción. La historia de un variopinto grupo de ciudadanos franceses en pleno vía crucis por el Camino de Santiago resulta más ingenua que redentora, más banal que trascendente, más lánguida que rabiosa. La naturalidad expositiva nunca ha sido una de las virtudes de la directora de Tres solteros y un biberón, pero lo cierto es que dentro de un extravagante conjunto, cada cierto tiempo surge un estallido de regocijante verdad, casi siempre relacionado con la necedad dominante en ciertas personas supuestamente cultas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de agosto de 2008