Lo primero que hizo la serbia Jelena Jankovic tras la final del Abierto de Estados Unidos fue preguntar dónde estaba su cheque y de cuánto era. Había perdido ante la norteamericana Serena Williams (4-6 y 5-7) un partido alocado, duro en el trazo e inconsistente en las formas. Había caído con la pista sin llegar al lleno, sonriendo unas veces a la cámara y protestando casi siempre. Aun así, pese a haber visto cómo la juez permitía que la agotada Serena se tomara un respiro entre punto y punto, se sentía llena de gozo. Sus razones tenía: "He sufrido muchas lesiones. Lo he pasado muy mal y he luchado mucho para llegar a este punto. He hecho mi trabajo. Ahora, a ponerse tacones y a otra cosa".
Se puso los tacones Jankovic y lo celebró Serena, desde el domingo número uno del mundo y campeona en Nueva York por tercera vez en su carrera. Las hermanas Williams se han repartido dos de los cuatro torneos grandes del año (Venus se impuso a Serena en la final de Wimbledon). Su dominio sólo depende de su agenda. No juegan en Indian Wells porque creen que el público es racista (la grada abucheó a Serena en la final de 2001 al considerar que su hermana se había retirado a propósito de la semifinal que debía enfrentarlas). Y se saltan otras citas por motivos que nada tienen que ver con las pistas. El resumen: ganan cuando, como y donde quieren.
"He trabajado muy duro", dijo Serena, que se llevó el título sin perder una manga y ya suma nueve títulos del Grand Slam; "algunas veces me levanto a las seis de la mañana para entrenarme y está demasiado oscuro para hacerlo. Debo esperar a que llegue la luz. Pero eso me está siendo recompensado. No me voy a parar aquí".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de septiembre de 2008